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Aproximación a las condiciones de existencia, modos de ser y realidades de nuestra América Latina

 

 

 

Alan Issaí Argüello Palomares

Universidad Autónoma de Querétaro

México

alanarguello74@hotmail.com

  

 

 

Resumen: Se trata de un análisis de lo que la expresión “Latinoamérica” designa. Cuando se habla de aquella como una sola cosa, se presume que hay alguna especie de unidad, cohesión o identidad. Aquí identificamos primero las diferencias; desde las que pueden percibirse en los países que, como conjunto conforman América Latina, hasta las que se aprecian en pequeñas agrupaciones o en los individuos al interior de aquella. Luego encontramos las similitudes; el pasado común indígena, la situación compartida de colonización y nuestras relaciones, tanto de rechazo, como de aceptación con los países vecinos. Luego, se hablará de la yuxtaposición, que es simplemente la diversidad que coexiste sin enlace que la unifique, en esta nuestra realidad territorial. Al final se postularán dos propuestas frente a la mentada búsqueda de identidad, y se concluirá a partir de las mismas y de la investigación aquí realizada.

 

Palabras clave: Latinoamérica; yuxtaposición; identidad.

 

 

 

 

 

*Este artículo originalmente fue publicado en nuestra primera época editorial, en Revista de Humanidades, ISSN 0719-0999, septiembre de 2013.

 

 

Citar este artículo:

 

Cita sugerida

Argüello Palomares, Alan Issaí.  2016. “Aproximación a las condiciones de existencia, modos de ser y realidades de nuestra América Latina”, Humanidades Populares 8 (11), 56-65.

 

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Argüello Palomares, A. I. (2016). Aproximación a las condiciones de existencia, modos de ser y realidades de nuestra América Latina. Humanidades Populares, 8 (11), 56-65.

 

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Argüello Palomares, Alan Issaí. “Aproximación a las condiciones de existencia, modos de ser y realidades de nuestra América Latina”. Humanidades Populares 8, no. 11 (2016): 56-65.

 

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Argüello Palomares, Alan Issaí. “Aproximación a las condiciones de existencia, modos de ser y realidades de nuestra América Latina”. Humanidades Populares 8.11 (2016): 56-65.

 

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Argüello Palomares, A. I. (2016) “Aproximación a las condiciones de existencia, modos de ser y realidades de nuestra América Latina”, Humanidades Populares, 8 (11), pp. 56-65. 

 

 

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La filosofía además de preocuparse por afinar el instrumental teórico, conceptual y metodológico debe considerarse vital que sirva para la crítica, para así desmitificar y conocer la realidad latinoamericana. Porque no se puede filosofar de espaldas a la realidad de nuestro continente, por esto mismo se debe procurar no caer en la abstracción obstaculizante que impide ver a los hombres concretos como seres situados en una realidad sociohistorica que requiere ser transformada. Mario Magallón Anaya.

 

 

 

Cualquiera que se atreva a reflexionar sobre nuestra América Latina, es menester que examine lo que está buscando decir con ese vocablo. ¿Qué es Latinoamérica?, ¿existe tal cosa? Y si la respuesta es afirmativa, ¿cuáles son las condiciones particulares de su existencia, y en fin, en que consiste su o sus modos de ser?, son preguntas que exigen respuesta y que no pueden ser pasadas por alto al trabajar y al reflexionar sobre este espacio común que compartimos aquellos que lo conformamos.

El filósofo latinoamericano Leopoldo Zea (1953) en su trabajo titulado “El occidente y la conciencia de México”, ha señalado, con precisión, que a lo largo de la historia, grandes pensadores han buscado ocuparse del “Hombre” con mayúsculas y carente de adjetivaciones para designar aquello que se supone constitutivo del ser humano. Y han fracasado en el intento, pues parten, como él lo señala, de experiencias concretas, de tal suerte que todo lo que no quepa en esas determinaciones es excluido como propio de lo humano. Resultando en la “deshumanización”, o el “poner entre paréntesis”, la humanidad de los seres que no se adecuen a tales definiciones. De aquí parte, pues, el filósofo latinoamericano para justificar su pregunta por el hombre concreto, el mexicano, y de aquí partimos, también para preguntarnos, por el ser del latinoamericano y con ello de Latinoamérica como conjunto.

Lo que aquí nos ocupa será, pues, buscar proporcionar respuesta a las preguntas antes enunciadas, con el simple propósito de dar luz a las situaciones particulares de un topos del que siempre se habla, pero raras veces se cuestiona a sí mismo, para así, evitar el error de tomar como punto de partida, y de suponer una idea, que resulta, como se verá, harto problemática.

Lo primero que hay que realizar al emprender este viaje al interior del término Latinoamérica, es matizar la pregunta. Resulta evidente que ¿existe Latinoamérica?, es una interrogación mal formulada que puede llevarnos a equívocos o malas interpretaciones. Esta palabra, que se usa todos los días en el plano académico y en el cotidiano, no designa un ente concreto como tal. Lo que buscamos es algo, que tenga de común, en términos sociales, históricos culturales, etc., el espacio geográfico que va desde México y se extiende hasta la Patagonia. Algo común además del territorio, que nos permita hablar de cierta unidad hoy día.

El problema con la unidad, con aquello que de común guardan tantos países que conforman el territorio que circunscribimos, se muestra a todas luces evidente cuando miramos a nuestro alrededor. Hablemos pues, de las diferencias. En la actualidad, América Latina cuenta con diecinueve naciones independientes[1], en un territorio de más de veinte millones de kilómetros cuadrados de superficie, donde además, existen 522 pueblos indígenas, cuya población alcanza los 28.858.580, respecto de los 479.824.248 habitantes totales en el territorio[2].

De un extremo a otro, nos encontramos ante una impresionante multiplicidad. 19 países, disímiles (aunque posean similitudes) tanto en sus formas de gobierno, como en aspectos socio-económicos. Esta pluralidad puede observarse, tanto exterior, como interiormente. Ricos y paupérrimos coexistiendo en una misma zona. Niveles educativos, enteramente distintos entre vecinos. Diversidad de culturas, de ideologías, de modos de vida, en fin, abismos que parecen insalvables. Lo mismo al interior de los países: círculos urbanos donde la calidad y estilos de vida no se asemejan a sus zonas rurales conurbadas, y no se diga de la población indígena, que no es una, sino una multiplicidad de lenguas, dialectos, también modos de vida y cultura, que, aunque de uno u otro modo entren en relación con los elementos globalizantes y unificadores que a todos nos abrazan, las definen, y las separan del resto.

Diferencias aquí y allá, visibles también en la vida individual. Nos quedamos perplejos de ver cuán poco tenemos de común con el prójimo. Extrañándonos ante el otro, nos extrañamos también de nosotros mismos. Diferentes ideas, formas de pensar, aspiraciones y deseos en cada átomo de la sociedad. Cuando los latinoamericanistas exclaman: ¡Voluntad popular!, nosotros, con mirada perpleja y desconfiada pensamos: lo que quiero yo no es ya lo mismo que quiere el otro. Elecciones “democráticas” donde empatan el conservadurismo, la revolución y la abstinencia. Latinoamérica no existe, no puede existir.

Es ésta evidentemente una conclusión precipitada de las que ya advertíamos al no tratar con propiedad la pregunta por la existencia de nuestra América. Sin embargo, algo debe rescatarse, y es que, recordando a Zea, como no es ya posible realizar una tipificación cerrada y excluyente del “Hombre”, diremos ahora que tampoco podrá hacerse lo mismo del “Hombre

Latinoamericano”. Ya lo hemos declarado: no hay cosa tal que sea separada de los entes individuales. No se trata pues, de una entidad metafísica que guarde existencia por sí misma. Y lo mismo puede decirse de América Latina. Lo que encontramos en nuestra realidad territorial son hombres, seres humanos diferentes los unos de los otros en todas las esferas, hombres que conforman familias, ciudades y países que integran la que ha sido llamada Latinoamérica. Hombres que difieren en aspectos que salen a la superficie --superficialmente diferentes--. Hombres que en realidad no son tan diferentes.

Hablemos de las similitudes. “Pueblos como los que quedan englobados bajo el nombre de Latinoamérica tienen un origen común: el haber sido, en su mayoría, colonizados por España y Portugal, o en el Caribe, por Francia” (Zea, 1977: 13). El pasado nos une. Somos hijos de la historia y, en opinión de Zea, nuestra trayectoria histórica consiste en que hemos sido manipulados, utilizados y explotados por el imperialismo en sus diversas expresiones, a partir de la expansión europea en los siglos XVI, XVII, XVIII y XIX, y en el XX con el neoimperialismo encarnado por los Estados Unidos de Norteamérica.

Lo primero que resalta, cuando buscamos lo símil, es el vocablo, ese que no surge de nuestros pueblos, que más bien es producto de un apadrinamiento, invención o “bautizo” como Zea lo llama, que llega directamente a nosotros desde Francia y que surge durante la década de 1860, en los tiempos en que Napoleón III se lanza a la aventura mexicana. Así, ante el temor de la influencia y expansión estadounidense, el término Latinoamérica fue creado, “como un programa de acción para incorporar el papel y las aspiraciones de Francia hacia la población hispánica del nuevo mundo” (Phelan, 1986: 341).

A pesar de que la noción no proviene del pueblo mismo, será éste quien la adopte, y con ello la vivifique y la fortalezca, ya que, “pese a las indiscutibles diferencias de sus pueblos fue aceptada […] como oposición al sajonismo de los Estados Unidos” (Zea, 1977: 15). Fue aceptada, pues, como arma de combate, como resistencia al neoimperialismo. Así, opina Zea que esta palabra, que nos viene impuesta, se convierte, sosteniéndola, en instrumento de descolonización. Se convierte en sueño de unidad y diferenciación ante nuestros vecinos dominantes.

Si Latinoamérica, es un término creado por el imperialismo para calificar sus dominios, los hombres objeto de esas dominaciones también existen, están ahí. Así lo sugiere Leopoldo. Para él, una de las situaciones clave que nos distingue, es la dependencia bajo la que vivimos respecto de los Estados Unidos. Dependencia económica y también ideológica, que se ve reflejada bajo nombres como el de “Globalización”. Dependencia que nos obliga a querer ser como el dominador, y jamás ser aceptados por éste. Esta necesidad de vernos reconocidos por aquellos que se presentan como superiores y como modelo, será también para Zea, característica del pueblo latinoamericano. La búsqueda de la afirmación de nuestra humanidad, a través de la semejanza con el otro, y el rechazo de éste una y otra vez, nos lleva a otra situación que parece caracterizarnos: la de negar nuestro propio origen. El afán por semejarnos a las metrópolis dominadoras, conduce a la negación de nuestra raíz indígena, y nuestra raíz mestiza ibérica, “gentío materno” como Zea lo llamó, respecto del “gentío paterno” que representan nuestros vecinos del norte y la Europa Occidental. El padre creador del progreso, la industria y el capitalismo, con quien no compartimos historia es lo que afirmamos, y el pasado indígena y español, el único pasado latinoamericano, lo que rechazamos. Vano empeño, sugiere el filósofo mexicano, pues será esta la razón por la cual el latinoamericano no podrá ser visto como igual. Rechazar la propia tradición, ser copia del otro, se convertirá en la justificación de superioridad de aquél.

Madre y Padre que no son los mismos que el hijo, quién tampoco es enteramente distinto de ellos, pues abreva de uno historia y del otro modelos y modos de vida. Es ésta, también, la realidad latinoamericana. Vano empeño o no, las relaciones con unos y otro, nos distinguen y nos dan vida, son constitutivas de nuestros pueblos.

Encontramos pues, que cierta unidad conceptual de América Latina puede verse en el marco histórico actual (que es lo que nos interesa), de manera negativa. Es decir, definimos Latinoamérica por lo que no es. No es Estados Unidos, aunque quiera semejársele (no es tampoco su raíz indígena, que, como dijimos, tampoco es una unidad). Así, nos percibimos con el otro, encontramos nuestro modo de ser en las relaciones que guardamos con nuestro vecino norteamericano. Y en la impresionante diversidad ante la que nos encontramos, las relaciones no son siempre de seguidor y de modelo a seguir. Pues a pesar de que, “La poderosa federación va realizando entre nosotros una suerte de conquista moral” (Rodó, 1986: 292) y también de que “La admiración por su grandeza y por su fuerza es un sentimiento que avanza a grandes pasos en el espíritu de nuestros hombres dirigentes y, […] en el de las muchedumbres fascinables por la impresión de la victoria” (ídem). Y aún más, que, “[…] de admirarla, se pasa, por una transición facilísima a imitarla” (ídem), existe también, entre nosotros, un poderoso fervor anti-norteamericano.

Culturalmente, la presencia de los Estados Unidos es innegable, en especial a nivel del consumo: béisbol, Coca-Cola, series televisivas, cine, música, etc., y la lista se extiende hasta niveles inimaginables. De lo más grande a lo particularísimo. Del sistema económico, al lenguaje o al trato con los indígenas. De forma consciente o no, abrevamos de su cultura, la alimentamos y le damos nuevas formas. Hablamos ya de la dependencia; nuestro marco de acción, al menos en materia económica se encuentra muchas de las veces determinado por lo que “Norteamérica” quiere y puede permitirnos. Esto tendría que generar cierto rechazo por parte de la población, y lo hace. Tannenbaum así lo declara:

Es natural que nuestros vecinos del sur se muestren antinorteamericanos, celosos de nuestro poder y envidiosos de nuestra riqueza; es también natural que sufran un complejo al mismo tiempo de frustración e inferioridad ante nuestra simple presencia […] Lo mismo ocurre con la susceptibilidad y la indignación de los latinoamericanos ante cualquier insulto, olvido u omisión franca por nuestra parte (Tannenbaum, 1986: 632).

 

 

No cabe duda, entonces, que el estallido emocional contra la influencia extranjera, es también propio, aunque no exclusivo, de nuestra cultura.

Vemos como, a pesar de las diversas posturas frente a Estados Unidos, lo que se rescata es precisamente (quiérase o no) la obligada toma de postura frente a aquél. Pero la ya mentada diversidad se extiende, también aquí, a distintos niveles: En América Latina hay naciones enteras que se han declarado antinorteamericanas, muy a pesar de las voluntades particulares de los individuos que la conforman. Tal es caso, de Cuba, Venezuela, Bolivia, entre otras. Hay incluso países que se han contado, entre los simpatizantes del gobierno estadounidense, también, muy a pesar de las diferentes actitudes de los integrantes de los mismos. Un ejemplo de ello es México. Esto resalta de nuevo, la heterogeneidad de Latinoamérica, y en el caso de los pueblos que no amistan con Estados unidos, alcanzamos a ver, por sus efectos en los mass media, y las políticas exteriores de aquél, la clara situación de dependencia en la que nos encontramos. Estas alusiones, pues, nos hacen ver, por un lado, las marcadas diferencias (posturas en cuanto a un mismo problema) y por el otro, las similitudes entre nuestros pueblos (la relación compartida de dependencia).

Nos hemos topado en el camino una y otra vez con situaciones que parecen contradictorias; donde buscamos unidad, encontramos diversidad, y en la diversidad, realidad latinoamericana. Diversidad que parte de los mismos principios, que hace frente a las mismas situaciones. Hablemos de la Yuxtaposición. “¿Quién es esta América Latina? Un ser de entidades yuxtapuestas, de soluciones diversas ante no menos diversos problemas y de contradicciones como producto de esas yuxtaposiciones” (Zea, 1977: 36). Toda la diversidad de la que hemos hablado hasta aquí, y que parece constituir, entre otras cosas, gran parte de la realidad latinoamericana, se encuentra sin embargo, sin un nexo que la unifique. Ésta situación presenta también formas históricas; la conquista ibérica nos puso así en este contexto; no pudiendo consolidar de manera total, su cultura con la nuestra, ni ninguna de las dos sobresalir de manera íntegra, tuvieron que coexistir, muchas veces mezcladas, muchas otras juntas pero separadas. Lo mismo ocurre con la auto yuxtaposición (cfr. Ibíd.: 37) surgida del despliegue cultural estadounidense, y nuestra adhesión al mismo; de la adopción de formas de vida, que por no surgir de nuestra propia experiencia, resultan ya extrañas en un mismo ambiente con las anteriores. Realidades Yuxtapuestas porque en este ambiente diverso, multicultural, abigarrado, no pueden, ni quieren ser una misma. Nuestra cultura, pues, es cultura surgida de la unión pero no de la asimilación, de los hombres que la componen. “Cultura de expresiones encontradas y que, por serlo, lejos de mestizarse, de asimilarse, se han yuxtapuesto” (Zea, 1986: 281).

Para Zea, lo que se yuxtapone es lo que supuestamente se considera superior sobre lo así tenido como inferior: “Ante la mirada europea, el nacido en ésta América, se sabe el subordinado; en cambio, ante la mirada indígena, será el explotador, al servicio del colonizador” (ídem). No está cómodo el latinoamericano, ni se identifica, con el gentío materno, como tampoco con el gentío paterno. “Rechazado por uno, se avergonzará de ser parte del otro” (ibíd.: 282). No es, sin embargo, ni totalmente uno ni totalmente el otro. Es el fruto de esa mescolanza. Ya lo hemos declarado.

Por supuesto que de aquello de que hablamos cuando preguntamos por las condiciones de existencia, modos de ser y realidades de América Latina, es la búsqueda de lo que nos identifica; lo que se busca es la identidad. Respecto de la misma, hemos visto todos los problemas que suscita: frente a la impresionante diversidad, que además (ahora lo sabemos), se encuentra yuxtapuesta, encontramos que lo que nos une son nuestras relaciones con aquello que nos circunscribe: historia y toma de postura frente al vecino. Historia de colonización y vínculo de dependencia con los Estados Unidos. Pero aun así no puede verse ya algo claro: lo que se ve es el crisol, la amalgama, la mixtura. Conjunto único pero no así unitario. Abigarramiento, heterogeneidad, yuxtaposición, y dependencia son los sinónimos de América Latina. La identidad se convierte así, en proyecto, en empresa. Hablemos de las propuestas.

Antenor Orrego, Filósofo nacido en Perú, opina que nos encontramos ante un proceso mundial de mestizaje, de acercamiento e integración humanos; el mundo se ha empequeñecido geográficamente, dice. Por lo mismo, se opone diametralmente a la búsqueda o formación de la identidad a través de los vestigios culturales del pasado, los cuales, opina, solo revisten para nosotros una categoría arqueológica. La tradición debe ser sólo plataforma a superar y nunca debe buscar cumplir funciones normativas. Así lo declara él mismo:

¡Suele ocurrir, también, que por buscarse a sí mismo en el cascarón del pretérito con cegado deslumbramiento, sólo se alcanza a caer en la letargia mágica de un embriagante ensueño,  que es huida o evasión ante la suprema responsabilidad de nuestro ser auténtico; que es un nuevo ser actual, un ser de hoy, que tenemos que descubrir y forjar, para el presente y para el futuro, […] ¡Sí, suele ocurrir que por buscarse en el pasado, adorándolo con culto idolátrico, se alcance únicamente a tocar los despojos de su propio cadáver…! (Orrego, 1986: 1404).

 

Bien claro lo ha dejado, su propuesta consiste en que, olvidándose de su pasado, “los pueblos latinoamericanos […] están obligados por su inmensa responsabilidad presente a pensar, a obrar y a sentir en términos y significación mundiales” (ibíd.: 1403).

Leopoldo Zea sugiere algo más. Por todos lados puede leerse su apelación a la conciencia: Hacer conciencia de las propias metas latinoamericanas y luchar por ellas, que no tienen que ser ya las del sistema capitalista (Zea, 1977: 28). Tomar conciencia del pasado, un pasado caracterizado por la sumisión y transformarla así, en una integración horizontal de solidaridad. (Ibíd.: 30) “Conciencia de la dependencia y de su necesaria liberación que revierte sobre la conciencia que sobre sí mismo ha tomado el colonizador.” (Ibíd.: 42)  Conciencia también, de la yuxtaposición, por que superarla significa hacerla pura y llana experiencia, transformarla en historia antigua.

La revaloración de que hemos hablado, dice Zea, refiriéndose, al acto de apropiarse, conocer y de hacer nuestra la realidad socio-histórica, económica, política y cultural, recae en última instancia, en la búsqueda de una nueva identidad (ídem).

 

Conclusiones

Al menos pudo descubrirse, en esta rápida búsqueda interna, que el concepto América Latina, si es que pretende ser tal (un concepto, cerrado y definido), resulta problemático. Ha menester precisar en cada situación a que apunta y si es el caso, tomar las precauciones necesarias cuando lo que se quiere es trabajar sobre la realidad del mismo. La precaución será siempre ante la generalización de un territorio de esa magnitud y la diversidad que lo acompaña. Sin embargo, pueden aprovecharse también las cosas que se comparten en lo que convenga y respetando los límites ya establecidos.

Ahora bien, si de lo que se habla es de identidad, la cosa es distinta. Parece, si se ha entendido bien lo que aquí se compendia, que no es ya posible hablar de ello. Al menos en un sentido estricto; uno o varios aspectos que nos definan efectivamente como latinoamericanos y del cual suscriban la mayoría de sus miembros es algo difícil de encontrar. Nosotros optaremos aquí, usando las dos sugerencias antes mencionadas, por hacer una suerte de propuesta doble.

Por un lado, se destaca la imperante necesidad de concientizar acerca de nuestra realidad histórica/temporal: conocer nuestro pasado y también nuestras condiciones de existencia en el presente. Aquél que nos une, éste que nos divide. Por el otro, no cerrarnos en la tradición, conocerla para superarla; si esta superación debe ser pensada en términos globales, o si el enfoque se dirige hacia nuestros propios problemas, distintos de aquellos, eso lo decidirá el pueblo mismo. Lo que aquí se sugiere es forma y no contenido.

Pues bien, ¿Qué es lo que, en fin, se propone? ¿Qué busca decirse? Que la dichosa identidad, ante la circunstancia particularísima en que nos encontramos, ha de ser creada, y no encontrada. Los mecanismos fácticos no son objeto de este ensayo, pero la escaza uniformidad de nuestra cultura, la yuxtaposición, lo irreductible, el gentío materno y el gentío paterno, en su conjunto, no permiten encontrar lo enteramente otro (lo unitario). Sí pueden, en cambio, servir como plataforma para un futuro común, jamás uniforme, pero si compartido, pues jamás podrán determinarnos del todo.

 

 

 

 

 

Referencias

 

Orrego, Atenor (1986), “La configuración histórica de la circunstancia americana”, en Leopoldo Zea, et al., Ideas en torno de Latinoamérica, vol. 2. México, UNAM.

 

Phelan, John L. (1986), “El origen de la idea de latinoamérica”, trad. Josefina Z. Vázquez, en Leopoldo Zea, et al., Ideas en torno de Latinoamérica, vol. 1. México, UNAM.

 

Rodó, José Enrique (1986), “Ariel (Fragmento)”, en Leopoldo Zea, et al., Ideas en torno de Latinoamérica, vol. 1. México, UNAM.

 

Tannenbaum, Frank (1986), “Estados Unidos y América latina”, en Leopoldo Zea, et al., Ideas en torno de Latinoamérica, vol. 1. México, UNAM.

 

Zea, Leopoldo (1953), El occidente y la conciencia de México, México, Porrúa y Obregón.

 

Zea, Leopoldo (1977), Latinoamérica Tercer Mundo. México, Ed. Extemporáneos. (Colección Latinoamérica).

 

Zea, Leopoldo (1986), “América Latina: Largo viaje hacia sí misma” en Leopoldo Zea, et al., Ideas en torno de Latinoamérica, vol. 1. México, UNAM.

 



[1] La población latinoamericana. URL: http://www.eurosur.org/medio_ambiente/bif41.htm. Última consulta: 12/09/2013

[2] Los pueblos indígenas en América Latina. Unicef. URL:

http://www.unicef.org/lac/pueblos_indigenas.pdf última consulta: 12/06/13

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