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Campaña anti chicha durante la primera mitad de siglo XX en Colombia

 

 

 

José Alejandro Delgado Cuervo

jadelgadoc@unal.edu.co

Universidad Nacional de Colombia

Colombia

 

Juan Sebastián Ramírez Elizalde

Universidad Nacional de Colombia

jsramireze@unal.edu.co

Colombia

  

 

 

Resumen: La chicha, bebida alcohólica fermentada, con base en el maíz, preparada desde épocas prehispánicas por los indígenas Colombianos era un elemento ritual para los aborígenes colombianos que posteriormente se convirtió en la bebida de mayor difusión entre los sectores populares durante la primera mitad del siglo XX. El presente ensayo busca hacer un primer acercamiento a las razones que llevaron al Estado y a las autoridades a emprender una campaña en contra de la bebida, enfocándonos en la ciudad de Bogotá, capital del país. Encontramos que la campaña anti chicha se lleva a cabo desde los discursos políticos y médicos, las legislaciones aplicadas a Bogotá y el surgimiento de la cerveza en la ciudad.

 

Palabras clave: Chicha; Bogotá; modernización; higiene; eugenesia.

 

 

 

 

 

*Este artículo originalmente fue publicado en nuestra primera época editorial, en Memorias Periféricas, ISSN 0719-1367, septiembre de 2013.

 

 

Citar este artículo:

 

Cita sugerida

Delgado Cuervo, José Alejandro y Juan Sebastián Ramírez Elizalde.  2016. “Campaña anti chicha durante la primera mitad de siglo XX en Colombia”, Humanidades Populares 8 (12), 122-36.

 

APA

Delgado Cuervo, J. A. & Ramírez Elizalde J. S. (2016). Campaña anti chicha durante la primera mitad de siglo XX en Colombia. Humanidades Populares, 8 (12), 122-136.

 

Chicago

Delgado Cuervo, José Alejandro & Juan Sebastián Ramírez Elizalde. “Campaña anti chicha durante la primera mitad de siglo XX en Colombia”. Humanidades Populares 8, no. 12 (2016): 122-136.

 

MLA

Delgado Cuervo, José Alejandro & Juan Sebastián Ramírez Elizalde. “Campaña anti chicha durante la primera mitad de siglo XX en Colombia”. Humanidades Populares 8. 12 (2016): 122-136.

 

Harvard

Delgado Cuervo, J. A. y Ramírez Elizalde J. S. (2016) “Campaña anti chicha durante la primera mitad de siglo XX en Colombia”, Humanidades Populares, 8 (12), pp. 122-136. 

 

 

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Si se tuviera que identificar un producto que pudiera acoger a toda la comunidad americana, éste sería el maíz. Domesticado desde épocas prehispánicas, el maíz y sus derivados han hecho parte fundamental de la dieta en todo el continente sin perder su importancia hasta el día de hoy. Los americanos  nos reconocemos bajo la identidad de culturas del maíz. Colombia, naturalmente, no es ajena a esta cultura; entre los principales derivados del grano se encuentra una bebida alcohólica empleada por los indígenas músicas, ubicados en la región central del país, comprendiendo los actuales departamentos de Cundinamarca y Boyacá.

La chicha,  como se le conoce al fermento producida por el maíz y la panela (producto derivado de la caña de azúcar, que usualmente se fabrica en forma de bloques), fue empleada como una bebida ritual para los indígenas y durante la época colonial fue perdiendo su implicación mística y religiosa, convirtiéndose en una de las principales bebidas populares de la sociedad Colombiana. En Bogotá, capital del país, durante los años veinte, la chicha era el principal producto de consumo para las nacientes clases obreras, que poco a poco iban empapando la composición social de la ciudad. Para las élites socio políticas la fabricación artesanal de la chicha y su incapacidad para ser pasteurizada, se convirtieron en los principales defectos de la bebida, ya que se mostraba como un licor antihigiénico; a esto se le sumó el discurso eugenésico, donde la idea de la degeneración de la raza se convirtió en un elemento más en contra de la chicha, acusando a la bebida que degeneraba la moral, la raza y además embrutecía a sus consumidores. Sin ser esto suficiente, se emprende una fuerte campaña de desprestigio contra la chicha, donde una de los principales oponentes de la bebida será la cerveza. En 1889 se  funda la fábrica cervecera Bavaria por el alemán Leo Siegfried Kopp, quién impulsará la fábrica, la cual cumple con los parámetros de higiene, industrialización y desarrollo que las élites buscaban para el país. De esta forma, la cebada alemana terminará derrotando al maíz americano.

 

Contexto: higiene y raza para el progreso

Una de las principales preocupaciones de las políticas de Colombia durante los primeros años del siglo XX fue la búsqueda del Estado Moderno, para esto debían excluirse los elementos que impidieran el progreso, incluidos los vestigios del pasado, tanto indígena, como colonial. El intento de erradicación de estos elementos se enmarca en un contexto ideológico mundial, en el que las ideas eugenésicas y evolutivas de autores de mediados de siglo XIX, como Francis Galton o Herbert Spencer dominaban el pensamiento intelectual[1]. Colombia no fue ajena a estas ideas, las cuales repercutieron en lo políticos e intelectuales del momento.

La lucha de razas y la higiene se convirtieron en dos conceptos fundamentales asociados a la idea del progreso, durante la primera mitad del siglo XX. Dentro de este contexto se pueden destacar ideas políticas como las de Laureano Gómez, quien sería presidente de la República en 1950. Su pensamiento se caracteriza por una fuerte convicción en el determinismo geográfico y una admiración por países con un clima ideal para el desarrollo de la civilización (en América, aquellos que se ubican en las regiones estacionales). En especial, Gómez considera a Estados Unidos como la mejor guía y ejemplo. Aunque igualmente ve méritos en otros pueblos europeos, exceptuando a España130, quien junto a los indígenas y descendientes afro, compone una sociedad y raza poco viable para el progreso[2].

El discurso médico de la época, naturalmente, no fue ajeno a estas ideas; de hecho, las razones aparentemente científicas justificaban pensamientos y conductas. Durante las primeras décadas del siglo, se emprende una campaña de conciencia higienista que busca extirpar la mugre y detritus (la materia en descomposición) en la sociedad y ciudades colombianas[3]. Autores médicos como Liborio Zerda, Josué Gómez, Eliseo Montaña o Jorge Bejarano, entre otros, serán de los principales promotores de las ideas médicas de la lucha de razas e higienización. Dentro de este contexto higienista y racista, la causa antialcohólica era vista como parte de la defensa de la moral y la salubridad públicas; la degeneración de la razano sólo era causa de enfermedades, sino una ofensa a la sociedad moralista y eugenésica de la primera mitad del siglo XX en Colombia.

 

Romper con el atraso: la campaña legislativa anti chicha

Parte del pasado colonial, e indígena, aún vigente en la sociedad bogotana de la primera mitad de siglo eran las populares chicherías, éstas hacían parte del paisaje tradicional de la ciudad, siendo un elemento, típico y abundante[4]. La mayor expansión de chicherías se dio entre 1922 y 1923, ubicándose en el popular barrio La Perseverancia y en el centro de la capital colombiana, sobre todo en los barrios Las Cruces, Las Nieves y sobre el Paseo Bolívar (en las faldas de los Cerros Orientales de la ciudad)[5].

La abrumadora presencia de chicha y chicherías para una población que aún en los años 40 no alcanzaba los 80 mil habitantes y cuyo consumo estaba dirigido principalmente a las clases populares y los nacientes sectores obreros, los cuales «buscaban refugio después del trabajo en los bares, tabernas o tiendas»[6], motivó y unió esfuerzos de los dirigentes políticos e intelectuales, para emprender la campaña antialcohólica y buscar herramientas moralizadoras para alejar a los sectores de cualquier licor.

Las vías constitucionales, los discursos morales, políticos, médicos y religiosos fueron las principales herramientas ofensivas contra el alcohol. Desde finales del siglo XIX ya se había llevado a cabo una de las primeras legislaciones que comenzaban a arrancar a la chicha de las costumbres populares: la nota de policía Nº 7366, expedida el 30 de abril de 1886, prohibía el ingreso de niños a los establecimientos, tanto de venta de licor, como donde se practicaran juegos de azar[7]. En el mismo año, la revista La siesta publicó un artículo que mencionaba lo siguiente respecto de «mendigos, trúhanes, pordioseros, azotacalles, rateros, vergonzantes, vergonzosos, etc. que hermosean las plazas, calles, zaguanes, chicherías, atrios y portales de la ciudad»:

La chicantana(sic), como ellos llaman a la chicha entretiene sus ratos perdidos y conforme a las moléculas de sus cerebros, de manera de producir en ellos un cierto arreglo matemático que dé por resultado una borrachera como hipotenusa (…) comen y beben mejor que los obreros, albañiles, que los pobres carboneros, que el mismo soldado de línea consagrado a la muerte, que la madre de familia a quién le reclutan su marido, cuyos hijos endebles lloran por pan que no hay, y que no puede pedirse, porque el rubor y la pena saltan sus mejillas»[8]Para 1888 se suma el discurso médico y aparecen casi en simultaneo dos estudios realizados por los doctores Liborio Zerda y Josué Gómez, en los cuales se determina la patología del chichismo[9]. En el Estudio químico, patológico e higiénico de la chicha, bebida popular en Colombia, Zerda emplea por primera vez el término:

«Las alteraciones orgánicas y funcionales producidas por la sustancia tóxica de la chicha son independientes y muy diferentes en su origen de las que produce el alcohol: así pues, las inherentes a la chicha pueden denominarse chichismo, como las dependientes a la acción intrínseca del alcohol se denominan alcoholismo[10].

 

Aunque la descripción de Zerda aplica para un estado temporal, el chichismo se consideró como una enfermedad que iba degenerando progresivamente al individuo que frecuentaba el «veneno amarillo». Los síntomas de esta enfermedad consistían en:

1.           Su desvergüenza es tal, que se les puede descubrir sin inconveniente (…) pudiendo permanecer muchos de ellos descubiertos hasta que mano ajena los abrigue.

  1. El colchón y los cobertores de casi todos es un verdadero y permanente foco de mal olor. [ Refiriéndose a los utensilios de uso diario ]
  2. Es imposible obtener relación alguna acerca de su situación, pues jamás contestan categóricamente, o se mantienen en actitud de negación absoluta[11].

 

Al menos los síntomas 1 y 3 podrían entrar en el rango de los excesos normales del alcohol, sin embargo, debe analizarse con cuidado de dónde surge el segundo síntoma.

Entre los políticos de mayor reconocimiento, el dirigente liberal Rafel Uribe Uribe fue uno de los principales enemigos del alcohol en Colombia. En una conferencia dictada en 1904, en la que habló de las ideas que se podían implementar en el país para su efectivo desarrollo económico y social, abría campo a la posibilidad de «combatir el alcoholismo por todos los medios preventivos y represivos posibles»[12]. En la  conferencia afirmaba:

Para alejar de la taberna a los obreros, el Estado debe procurarles distracciones encaminadas a la educación moral y estética, como teatros populares a bajo precio, museos, bibliotecas, escuelas dominicales y nocturnas, gimnasios públicos, retretas de bandas oficiales y, sobretodo, cafés baratos, donde a tiempo que se busquen mercados inferiores para el consumo del grano, se tenga en mira producir la excitación de las facultades ideativas, propia del café, en vez de espolear los instintos innobles que el alcohol despierta o en lugar de permitir el embrutecimiento por la chicha[13].

 

Uribe, además de desestimular el consumo de alcohol desprestigia a la chicha como una bebida que embrutece, idea bastante propagada en la sociedad colombiana de inicios del siglo XX. En 1912 presenta un proyecto de ley al congreso, apoyado por el que sería el primer presidente de la Liga Nacional Antialcohólica –fundada en ese mismo año- Alfonso Robledo, para convertir la lucha contra el alcoholismo en política de Estado[14]. Para lograrlo se inicia una campaña con propaganda masiva en favor de la lucha antialcohólica (a través del cinematógrafo, carteles, folletos, conferencias) buscando «iluminar a los obreros»144, principales consumidores del licor.

Años antes, durante la primera mitad de la década de 1910 la nueva Oficina de Higiene y Salubridad, utiliza la higiene como parámetro para normalizar y controlar el funcionamiento de las chicherías145, ya que estás se consideraban cuna del desaseo[15]. Una de las principales condiciones que exigía el gobierno distrital era que las chicherías debían acondicionarse con una mayor iluminación, agua limpia y mayor ventilación, además de estar separadas de las habitaciones comunes y de personal contaminado. De igual manera, las chicherías cerca de templos y centros educativos «no podían tener tienda con puerta a la calle»[16].

La campaña toma fuerza en 1916, momento en el que se diferencian los expendios de licores fermentados[17] entre los que venden chicha de aquellos donde se vendía cerveza y vino mediante fórmulas higiénicas y fiscales[18]. El acuerdo 14 de 1916 que implantaba esta norma, también diferencia si se venden o no alimentos, una trampa para los establecimientos, pues la chicha siempre se comercializaba junto a alimentos, ya que su consumo se acompañaba normalmente con productos como «chicharrón, pan de maíz, rellena…toda esa fritanga» como afirma una entrevistada por la Corporación Cultural Los Vikingos[19]. Esta norma se impone debido a que la venta de comida aumenta la posibilidad de consumo y así el consumidor «lleva a los hogares la discordia, y constituye un ejemplo pernicioso para las generaciones que se levantan»[20].

El acuerdo representa una de las mayores ofensivas a las chicherías, las cuales se consideraban «fomento de criminalidad, ya sea dentro de los mismos establecimientos de expendio, o fuera de ellos, por causa de la embriaguez con que se sale de ellos»152. Se nota el encono que existe contra la chicha. También mediante la clasificación de licores: los establecimientos que la ofrecen deben pagar impuestos de entre cinco y cien pesos, además de un impuesto adicional si querían atender clientes después de las ocho de la noche, mientras que quienes expidieran cerveza, vino y otros licores parecidos, no debían pagar impuestos por este concepto, ni podían ingresar chicha[21].

Además, se hicieron una serie de exigencias como el requerimiento de pisos asfaltados, paredes de cemento con pintura de aceite que facilite su limpieza y desinfección, agua potable de fácil acceso para los clientes;  lavado de los vasos, limpieza, barrido y lavado de utensilios y espacios diarios; prohibición de animales en los lugares de consumo y venta, cintas y aparatos especiales para atrapar o alejar moscas, entre otros, y se exigía el señalamiento claro y conciso de la existencia de la chichería “Tendrán en la puerta de entrada un aviso distintivo, bien visible, con el mote chichería, y además, un farol de luz verde que los distinga de los demás establecimientos[22].

Esto se interpreta como un signo de estigma social, que muestra su condición de elemento no civilizado, parte de la herencia indígena y que aún está lejos de alcanzar el estado de modernización. A esto, se suma el discurso médico y el estigma del chichismo, con el que se afirma la capacidad degenerativa hereditaria de la enfermedad: «Que la ciencia demuestra que los hijos de los alcoholizados son seres degenerados, incapaces para el trabajo y agentes en embrión de crímenes o delitos»155.  Dentro de este estigma, el acuerdo 14 también regula la distribución de cartillas antialcohólicas, destinadas a la formación en los colegios[23].

La campaña anti chicha que se da en Colombia en esta primera mitad de siglo se enmarca en un proceso similar al ocurrido en Estados Unidos, donde el alcoholismo venía incrementándose desde el siglo XIX[24]. Finalmente en 1919 el gobierno estadounidense decreta la ley seca, conocida por provocar la época de la prohibición, que se extiende hasta 1933, como forma de orientar la «rehabilitación» del pueblo y su «reeducación»[25]. Es probable que la experiencia norteamericana y las consecuencias que trajeron la prohibición –el crimen organizado y la mafia del contrabando sirvieran como experiencia para encaminar la campaña antialcohólica en Colombia[26].

Sin embargo, la chicha jamás fue fuente de crimen organizado. De hecho el gobierno nacional tampoco lo veía así, y por eso no lo sustentó ni intentó enfocar la campaña antialcohólica desde esta perspectiva. Fue considerada, en cambio, como fuente de pequeños delitos y, sobre todo, de riñas. El profesor Jorge Bejarano, en 1950 dedica un capítulo de su texto a analizar el fenómeno de la criminalidad relacionado a la bebida de maíz[27]. Bejarano expone los estudios de Lisandro Leyva y Guillermo Uribe Cualla (en ese entonces Jefe de Servicios de Traumatología del hospital San Juan de Dios, principal entidad hospitalaria de Bogotá y Director del instituto de Medicina Legal, respectivamente) los cuales examinan el crecimiento de heridos en riñas entre los años 1932 y 1936 en la siguiente tabla[28]:

 

 

Además, los índices de mortalidad según los mismos estudios, son del 8.25%, es decir 2300 en estos cinco años[29]. Sin embargo ¿hasta qué punto estas cifras corresponden a riñas por efectos del alcohol? Los estudios de Lisandro Leyva y Guillermo Uribe, citados por Bejarano, son ambiguos en este aspecto por la generalización que hacen de los datos.

Bogotá, durante todo el siglo XIX, presentó problemas de «mendigos, ladronzuelos y prostitutas» con un notable aumento a finales del mismo siglo y comienzos del XX[30]. Este fenómeno se presentó por el crecimiento de la ciudad sin que hubiera una mejora en la capacidad de cobertura de servicios públicos. En palabras del investigador Rodrigo Mejía Pavony, por «una mayor cantidad de población sometida a condiciones de vida cada vez más deterioradas»[31]. Las condiciones de inseguridad en la capital colombiana iban en tan notable crecimiento que ya desde 1890 se había instaurado un cuerpo de policía entrenado para combatir la delincuencia común[32]. En los años 20’s se produce un aumento de la prostitución y la criminalidad, tanto que para 1924 surge una revista sensacionalista titulada Los misterios del crimen, encargada de narrar los sucesos criminales de la ciudad[33]. Esto revela que Bogotá presenta un fenómeno de aumento constante en el vandalismo y la delincuencia a pequeña escala, que al entrar a la década de 1940 aún no puede resolver. Aún hoy, el problema sigue vigente sin hallar una solución. Por lo tanto no se le puede atribuir a la chicha toda la responsabilidad sobre las alteraciones en el orden público, ya que el ritmo natural de la ciudad incrementa la inseguridad urbana, haya o no alcohol de por medio. Sin embargo, la sociedad colombiana de la primera mitad del siglo no pensaba de la misma forma y atribuía la culpa al consumo del alcohol, en especial la chicha, en la cual se encontraba un chivo expiatorio para inculparle los crímenes y actos vandálicos que ocurrían en la capital.

Para el año de 1922 la campaña se intensifica mediante el establecimiento de un par de nuevos acuerdos. La ofensiva contra las bebidas fermentadas ataca mediante el acuerdo 15, en el cual se prohíbe el funcionamiento de chicherías en determinadas zonas de la ciudad:

Las calles 1 y 26 y las carreras 3 y 13, [zona que comprende el Paseo Bolívar] y otro por las calles 52 y 67 y las carreras 1 y 16. En estas áreas de prohibición se comprenden ambas aceras de las calles y carreras que las limitan.

También queda prohibido el funcionamiento de chicherías en las plazas, vías públicas de mayor tránsito y por donde pasan tranvías y ferrocarriles; a menos de cien metros de los templos, cuarteles, cárceles, hospitales, asilos y establecimientos de educación que funcionen en local propio y con carácter definitivo[34].

 

Aunque es posible el funcionamiento en las zonas de prohibición pagando una multa de $50 diarios, este es un valor demasiado oneroso para estas tiendas, por lo que-según Calvo Isaza y Saade Granados- es más una ilusión que una verdadera posibilidad, seguir funcionando en dichos sectores168. Con este acuerdo también se prohíbe que los expendios tengan puertas que comuniquen a la calle, además de la entrada de menores de 18 años[35], ratificando la nota policial de 1886. Además se mantiene una  disposición anterior que reglamenta el cierre de las chicherías antes de las ocho de la noche, esta vez de forma más agresiva: para poder atender público después de las 8, es necesario pagar «el cuádruplo del impuesto correspondiente»[36], nuevamente un precio imposible de pagar para los pequeños negocios que vivían del comercio de las bebidas fermentadas.

Con el acuerdo 15 continúan las exigencias de salubridad, incorporando algunas nuevas como el número mínimo de excusados y orinales, vasijas esmaltadas con solución antiséptica en los lugares destinados al público[37].

Además, en aras del discurso científico en auge en la época, producto de la búsqueda de la modernización y desarrollo, el Director de Higiene es quien debe dictar «un memorándum explicativo de los procedimientos más convenientes para la preparación de la chicha, de conformidad con las indicaciones de la Dirección Nacional de Higiene.» Y también debe ser el encargado de abrir concursos para decidir cuál es la chicha mejor elaborada según el dictamen del Laboratorio, y cuyo premio sería una rebaja en el impuesto[38]. Sin embargo, estas medidas muy probablemente se emplearon como herramientas para el cierre de algunas chicherías que no cumplían con los requisitos de sanidad exigidos.

 

La segunda parte del acuerdo 15, es el acuerdo 61, el cual ratifica la mayor parte del primero. Éste, aumenta los espacios de prohibición impuestos en el anterior, manteniendo el funcionamiento de los existentes con licencias de la alcaldía y prohibiendo la creación de nuevos expendios en el espacio delimitado. La zona comprendida en estos dos acuerdos, son el centro de la ciudad –para el Acuerdo 61 seprohíben chicherías en la zona de San Victorino, ubicada en el centro-y toda la región de Chapinero, donde se encuentra la fábrica de Bavaria y el barrio La Perseverancia, donde “casi todas las casas eran expendios de bebidas alcohólicas como la chicha, el guarapo, el aguardiente y la cerveza”[39].

Para el año siguiente, 1923 rigen dos nuevas legislaciones, el acuerdo 78, que ratifica las legislaciones anteriores (acuerdos 15 y 61) y la resolución 237, la cual rige a nivel nacional. Ésta legisla por primera vez sobre la cerveza, ya que algunas presentan un elevado nivel de alcohol, estableciendo como máximo un 4% de alcohol en su composición y prohibiendo la venta y consumo de cerveza no pasteurizada[40].

El último artículo que definirá los perímetros de prohibición de las chicherías será el Acuerdo 42  de 1928 –expedido en junio- mediante el cual se ratifican los acuerdos 15 y 61 y además se aumentan considerablemente los cuadriláteros donde se prohíbe la venta de chicha[41].

Recapitulando hasta el momento, el discurso contra la chicha y la idea del chichismo posiblemente fue la adaptación de discursos extranjeros contra el alcoholismo, principalmente de la prohibición de Estados Unidos[42]. El encono médico y legislativo logró restringir el consumo de chicha y la idea de modernidad se impuso a través de la legislación para provocar el mayor debilitamiento del «veneno amarillo». Sin embargo, estos avances de la campaña anti chicha no serían suficientes para extirpar la bebida de la sociedad capitalina.

 

El segundo frente anti chicha: la incursión de la cerveza

La campaña de desprestigio a la chicha no sólo se enfocó en el ataque directo a la bebida, sino que uno de sus puntos más fuertes fue la imposición de la cerveza como bebida popular y la búsqueda de alternativas para evitar el consumo de licores en general. Los principales consumidores de las bebidas fermentadas y la cerveza eran los nacientes sectores obreros que empezaban a empapar la composición socioeconómica del país. Es por esto que instituciones como el Círculo de Obreros -institución de ahorro, educación y bienestar para el sector social manejado por el catolicismo[43]-, fue una herramienta fundamental para combatir las bebidas fermentadas y el licor en general. A este elemento se suma la Acción Social de la Iglesia, elemento fundamental en la lucha contra el alcohol (y en especial contra la chicha) que está inmersa en una dinámica social profundamente católica que busca «velar por la salud y moralidad del pueblo, para que en él reinen la moral cristiana y las costumbres sanas y sencillas, y para que no degenere el vigor de la raza ni se perviertan sus buenos sentimientos»[44].

Retomando, sin duda alguna, la bebida que sustituyó inevitablemente a la chicha en este círculo social, fue la cerveza. Se exaltaba su valor nutricional y además, durante los inicios del siglo XX se le atribuían «propiedades medicinales» como la capacidad de curar enfermedades estomacales y de garganta, servir de estimulante, quitar el insomnio y además como solución para nodrizas faltantes de leche[45]. Además del discurso higienista que la precedía, una de las razones para inducir al consumo de cerveza fue la búsqueda de insertar a los obreros colombianos en dinámicas de mercado nacional, de forma tal que se rompieran las dinámicas económicas locales[46].

La compañía Bavaria -principal promotora y manufacturera de la cerveza- impulsó marcas como la Cabrito, No más chichay La Pola, que lograron desterrar a la chicha como bebida insignia de las clases populares. Esta última, La Pola, se erigió durante las celebraciones del centenario de la independencia del país, haciendo referencia a la prócer Policarpa Salavarrieta. Su trascendencia fue tal que aún a las cervezas se les conoce como Pola.

Sin embargo, la cerveza no estuvo excluida de la legislación. La cerveza Cabrito podía llegar a tener tanto alcohol que equivalía a tomarse cuatro o cinco jarros de chicha, según una entrevista efectuada a un habitante del barrio La Perseverancia181. Por motivos como este, se dictó la ya mencionada resolución 237de la Dirección Nacional de Higiene, que delimitaba el máximo de alcohol al 4%.

Además de la cerveza, se intentó sustituir la chicha con otros productos fermentados basados en el maíz, como la ceralvita colombiana y la maizola, esta última creada en 1920 por Abraham Martínez, era una chicha higiénica libre de las supuestas toxinas de la bebida[47]. Sin embargo terminan por prohibir también la maizola, por la facilidad de variar un poco su composición y hacer chicha, además de su frustrante impacto y consumo limitado[48].

Es irónico ver cómo se buscaba disminuir el consumo de bebidas fermentadas por medio de conferencias y cartillas dirigidas a los colegios, mientras que por otro lado se estimulaba al consumo de cerveza, promocionándola como una bebida limpia y medicinal. Resulta aún más irónico el fomento de la producción de la chicha con el control sobre las recetas de fabricación y concursos sobre preparación higiénica y barata, estimulados con premios tomados de los impuestos pagados por las mismas chicherías[49]. Los concursos organizados como estímulo a la producción sana, tal vez se debían a la misma popularidad de la bebida, la cual dificultaba la posibilidad de erradicarla.

 

La derrota de un vicio

Al mediodía del 9 de abril de 1948 es asesinado en Bogotá el dirigente liberal Jorge Eliecer Gaitán, quién aspiraba a las elecciones presidenciales de 1950. El magnicidio del «Caudillo del Pueblo» provocó que los simpatizantes liberales salieran a las calles en forma de una turba descontrolada, provocando lo que se ha reconocido comoEl Bogotazo. Los disturbios se expandieron a lo largo del país, provocando un estado de caos nacional.

En agosto del mismo año, la campaña anti chicha consolidaba su  máxima victoria: los desórdenes del 9 de abril fueron la excusa para imponer la prohibición de la chicha. El médico y profesor Jorge Bejarano redactó en este mes la ley 34 de 1948, la cual se justificaba mediante el comportamiento alcoholizado de las turbas del Bogotazo. La ley comenzaría a regir a partir del 1 de enero de 1949 a nivel nacional. El año siguiente, Bejarano publicaría su libro La derrota de un vicio, con el cual hacía un recuento de la campaña anti chicha. Esta ley  culminaba con un proceso de erradicación de la chicha de la sociedad colombiana y se daba un paso en la modernidad. La ley «Por la cual se fijan las condiciones para la fabricación de bebidas fermentadas y se dictan otras disposiciones» en su conjunto, regulaba la erradicación del «veneno amarillo». Mediante la imposición de la pasteurización obligatoria y elevadas multas para los infractores, la chicha no podría ser consumida ni comercializada hasta la constituyente de 1991. Sin embargo, la lucha contra el alcohol se seguiría extendiendo hasta nuestros días. En 1968  Humberto Roselli afirmaba «84 años de literatura sobre el alcoholismo no se han traducido en nada práctico»[50], evidenciando la falta de centros especializados en atender este problema.

Aunque la chicha no desapareció, fue reemplazada completamente por la cerveza, cómo afirma Carlos E. Noguera «los empresarios cerveceros lograron lo que gobernantes, médicos, intelectuales y religiosos no habían logrado en siglos de lucha contra el “veneno amarillo”»[51]. La aparición de la cerveza fue «La derrota de un vicio… y el nacimiento de otro»[52]. El paso a la modernidad fue ilusorio. Sin embargo, para 1950 un optimista Jorge Bejarano afirma:

Todos los que nos sentimos responsables por la salud del pueblo; todos los que sentimos la obligación de conducirlo a una vida más sana y más feliz, creemos con legítimo orgullo que ha culminado en 1949, la más grande conquista sanitaria para los obreros y campesinos de Boyacá Cundinamarca, Santander y Nariño[53].

 

 

 

Referencias

 

Alcaldía de Bogotá “RESOLUCION 237 DE 1923 (Agosto 08) Sobre consumo de cerveza en la Republica” [En línea] http://www.alcaldiabogota.gov.co/sisjur/normas/Norma1.jsp?i=12800#0

 

Alcaldía de Bogotá. Legislación sobre la chicha durante la primera mitad del siglo XX [En línea] http://www.alcaldiabogota.gov.co/sisjur/listados/tematica2.jsp?subtema=15425

 

Bejarano, Jorge. La Derrota de un Vicio. Bogotá: Iqueima, 1950.

 

Locke, David R.  “Prohibition” en The North American Review, Vol. 143, No. 359 (Oct., 1886). Publicado por: University of Northern Lowa [En línea] http: //www.jstor.org/stable/ 25101118 -Uribe Uribe, Rafael .Escritos políticos. Bogotá: El Áncora Editores, 1984.

 

Aguilar Castellanos, Álvaro. Historias vivas de la chicha y el guarapo. Colombia: Linotipia Bolívar, 2001.

 

Archila Neira, Mauricio. Cultura e identidad obrera: Colombia 1910-1945. Bogotá: Cinep, 1991.

 

Calvo Isaza, Oscar Iván, y Marta Saade Granados. La ciudad en cuarentena: chicha, patología social y profilaxis. Bogotá: Ministerio de Cultura, 2002.

 

Corporación los vikingos, Esculpiendo la Greda: Perseverancia, un barrio con historia. Bogotá: Dimensión Educativa, 1988.

 

Martínez, Alberto; Noguera, Carlos E;  Castro, Jorge O. Educación, Poder moral y Modernización. Bogotá: Fundación Social, 1996.

 

Mejía Pavony, Germán R. Los años del cambio. Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana, 1999.

 

Noguera, Carlos Ernesto. Medicina y política. Discurso médico y prácticas higiénicas durante la primera mitad del siglo XX en Colombia. Medellín: Fondo Editorial Universidad, EFAIT, 2003.

 

Rodríguez Romero, C. A., y E. J. Duque Oliva. «El Grupo Santodomingo: el pez chico se come al grande de generación en generación». Innovar: revista de ciencias administrativas y sociales 18, n.o 32 (2008): 127–152.

 

Roselli, Humberto. Historia de la psiquiatría en Colombia. Tomo I. Bogotá: Editorial Horizontes, 1968.

 

Uribe Celis, Carlos. Los años Veinte en Colombia. Bogotá: Aurora, 1984.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Anexos

Las siguientes imágenes son tomadas directamente del libro: Calvo Isaza, Oscar Iván, y Marta Saade Granados. La ciudad en cuarentena: chicha, patología social y profilaxis. Bogotá: Ministerio de Cultura, 2002.

 

 

 

 

 

Concentración de chicherías en la ciudad de Bogotá.

 

 

 

 

 

 

 

Carteles anti chicha promovidos por el Ministerio de Higiene.

 

 

Carteles anti chicha promovidos por el Ministerio de Higiene.



[1] Noguera, Carlos Ernesto Medicina y política (Medellín: EFAIT, 2003) 152. 130 Gómez, Laureano “Interrogantes sobre el progreso de Colombia” en 110.

[2] Gómez, 46.

[3] Noguera, 50.

[4] Bejarano, Jorge. La Derrota de un Vicio (Bogotá: Iqueima, 1950)37-38.Ver anexos

[5] Oscar Iván Calvo Isaza y Marta Saade Granados, La ciudad en cuarentena: chicha, patología social y profilaxis (Bogotá: Ministerio de Cultura, 2002). Plano 1, pág.  390

[6] Mauricio Archila, Cultura e identidad obrera: Colombia 1910-1945 (Santafé de Bogotá: Cinep, 1991), 164; Germán R.

Mejía Pavony también hace mención de este elemento en Los años del cambio (Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana, 1999)469. Esta práctica aún es común en la cultura Colombiana del siglo XXI, no sólo en los sectores obreros sino también en los estudiantiles.

[7] Registro oficial de la policía, citado por Mejía Pavony, 283-284.

[8] “El patio de los milagros” La siesta, Nº 6, mayo 4 de 1886. Citado por Mejía Pavony, 279.

[9] Roselli, Humberto Historia de la psiquiatría en Colombia (Bogotá: Ed. Horizontes, 1968) 189.

[10] Zerda, Liborio, citado por Roselli. 190.

[11] Ideas de Gómez, citadas por Bejarano, 65.

[12] Rafael Uribe Uribe “Socialismo de Estado” en Escritos políticos (Bogotá: El Áncora Editores,  1984) 129.

[13] Uribe Uribe, 130. Las cursivas son nuestras. Buscamos destacar la relevancia que le otorga a la creciente industria del café.

[14] Calvo Isaza & Saade Granados, 125–126 144 Calvo Isaza & Saade Granados, 127. 145 Calvo Isaza & Saade Granados, 114.

[15] Aguilar Castellanos, Álvaro Historias vivas de la chicha y el guarapo (Colombia: Linotipia Bolívar, 2001)92-93.

[16] Calvo Isaza & Saade Granados, 115.

[17] Chicha, guarapo, cerveza y vino constituyen bebidas fermentadas, sin embargo la diferencia entre estas bebidas es su capacidad de pasteurización, cualidad que derrotará a la bebida.

[18] Calvo Isaza & Saade Granados, 116; Acuerdo 14 de 1916.

[19] Entrevista a una habitante del barrio La Perseverancia en: Corporación los vikingos, Esculpiendo la greda.

Perseverancia, un barrio con historia (Bogotá: Dimensión Educativa, 1988) 22.

[20] Acuerdo 14 de 1916. Consultado en Alcaldía de Bogotá  http://www.alcaldiabogota.gov.co/sisjur/normas/Norma1.jsp?i=8983 (consultado el: 25 de mayo de  2012) 152 Acuerdo 14 de 1916.

[21] Acuerdo 14 de 1916.

[22] Acuerdo 14 de 1916. 155 Acuerdo 14 de 1916.

[23] Durante esta época entro en circulación la Cartilla antialcohólica, dentro de la cual se encontraba la historia de los hermanos donde uno, al «caer en la tentación» del consumo de licores marca su condena al fracaso. Su piel, debido al consumo de licor, comienza a tornarse oscura. Calvo Isaza & Saade Granados, 348-361.

[24] David R. Locke afirma que la gente no entiende el «veneno» del licor y las personas que frecuentan los lugares de expendio de este tipo de bebidas entran en procesos de adicción a los cuales los vendedores les ayudan a caer tan rápido como es posible. “Prohibition” en The North American Review, Vol. 143, No. 359 (Oct., 1886).

[25] Uribe Celis, Carlos. Los años Veinte en Colombia (Bogotá: Aurora, 1984) 13; 20-51.

[26] Es de notable interés realizar un análisis del impacto que tuvo la prohibición en la campaña anti chicha en Colombia y hasta qué punto nuestro país aprendió lecciones de lo ocurrido en Chicago. Lamentablemente no podemos efectuar dicho análisis en este ensayo.

[27] Bejarano, cap. VIII “Chicha y criminalidad” 75-85.

[28] Bejarano, 76.

[29] Bejarano, 76.

[30] Mejía Pavony, 278.

[31] Mejía Pavony, 278.

[32] Mejía Pavony, 280-81.

[33] Uribe Celis, 24.

[34] Acuerdo 15 de 1922. Consultado en Alcaldía de Bogotá

http://www.alcaldiabogota.gov.co/sisjur/normas/Norma1.jsp?i=8980 (consultado el: 25 de mayo de  2012) 168 Calvo Isaza & Saade Granados, 131.

[35] Acuerdo 15 de 1922.

[36] Acuerdo 15 de 1922; Calvo Isaza & Saade Granados, 131.

[37] Acuerdo 15 de 1922.

[38] Acuerdo 15 de 1922.

[39] Los Vikingos, 21.

[40] Resolución 237. Consultado en Alcaldía de Bogotá

http://www.alcaldiabogota.gov.co/sisjur/normas/Norma1.jsp?i=12800#0 ( consultado el: 25 de mayo de  2012)

[41] Acuerdo 42 de 1928. Consultado en Alcaldía de Bogotá

http://www.alcaldiabogota.gov.co/sisjur/normas/Norma1.jsp?i=8977 (consultado el: 25 de mayo de 2012)

[42] Calvo Isaza & Saade Granados, 121

[43] Martínez, Alberto; Noguera, Carlos E;  Castro, Jorge O. Educación, Poder moral y Modernización (Bogotá: Fundación Social, 1996) 20.

[44] Acuerdo 14 de 1916; Martínez, Noguera y Castro, 45.

[45] Los vikingos, 23.

[46] Rodríguez Romero & Duque Oliva, “El Grupo Santodomingo: el pez chico se come al grande de generación en generación”. Innovar: revista de ciencias administrativas y sociales 18, No32  (2008),  3. 181 Los vikingos, 23.

[47] Noguera, 157.

[48] Archila, 165.

[49] Acuerdo 14 de 1916.

[50] Roselli, 349.

[51] Noguera, 158.

[52] Noguera, 166.

[53] Bejarano, 18.

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