.

.

Categorizar, estigmatizar, discriminar. Reflexiones teóricas

 

 

 

Michel Duquesnoy

Doctor en Antropología

Universidad Bernardo O´Higgins

butahuapichilhue@hotmail.com  

 

 

Resumen: La categorización social es un instrumento al uso de cientistas sociales y demógrafos al que recurren como indicador que permite abordar una pluralidad de situaciones en el mundo social. No obstante, el proceso de categorización implica simplificaciones, esquematizaciones para “nombrar” un conjunto de problemas complejos y hacen correr el riesgo de delimitar los grupos categorizados a una serie aleatoria de simplificaciones no del todo neutrales. Este trabajo propone una reflexión general que ser considerada a todos los científicos sociales que investigan en torno a los grupos categorizados como “minoritarios”.

 

Palabras clave: Categoría; estigma; minoría; mayoría; ciencias sociales.

 

 

 

 

 

*Este artículo originalmente fue publicado en nuestra primera época editorial, en Uturunku Achachi, ISSN 0719-1294, diciembre de 2013.

 

 

Citar este artículo:

 

Cita sugerida

Duquesnoy, Michel.  2016. “Categorizar, estigmatizar, discriminar. Reflexiones teóricas”, Humanidades Populares 9 (16), 42-51.

 

APA

Duquesnoy, M. (2016). Categorizar, estigmatizar, discriminar. Reflexiones teóricas. Humanidades Populares, 9 (16), 42-51.

 

Chicago

Duquesnoy, Michel. “Categorizar, estigmatizar, discriminar. Reflexiones teóricas”. Humanidades Populares 9, no. 16 (2016): 42-51.

 

MLA

Duquesnoy, Michel. “Categorizar, estigmatizar, discriminar. Reflexiones teóricas”. Humanidades Populares 9.16 (2016): 42-51.

 

Harvard

Duquesnoy, M. (2016) “Categorizar, estigmatizar, discriminar. Reflexiones teóricas”, Humanidades Populares, 9 (16), pp. 42-51. 

 

 

Esta obra podrá ser distribuida y utilizada libremente en medios físicos y/o digitales. Su utilización para cualquier tipo de uso comercial queda estrictamente prohibida. CC 4.0: Internacional-Reconocimiento-No Comercial-Compartir igual.

 

 
   

 

 

 

 

 

A nivel de su comprensión básica, la voz “categorizar” significa ordenar en base a un prototipo. La categorización social es un instrumento al uso de cientistas sociales y demógrafos al que recurren como indicador que permite abordar una pluralidad de situaciones en el mundo social. No obstante, el proceso de categorización implica simplificaciones, esquematizaciones para “nombrar” un conjunto de problemas complejos y hacen correr el riesgo de delimitar los grupos categorizados a una serie aleatoria de simplificaciones no del todo neutrales. Bourdieu notaba en un texto pertinente (1980) que son los grupos del poder dominante (y la mayoría de los científicos sociales[1] a los que el autor se incorpora) que disponen de la autoridad legítima para imponer su definición de sí mismos y de los demás. De su lado, los grupos dominados, cuando exponen una preocupación a favor de la afirmación de sus singularidades experimentan que “el mundo social es también representación y voluntad, y existir socialmente, significa también ser percibido, y percibido como distinto” (Bourdieu, 1980:67). Por lo tanto, debido al hecho de que ninguna categorización es exenta de connotaciones positivas o negativas porque induce un proceso de discriminación, los grupos dominados integran que toda categoría es sólo “una clase cuya naturaleza y composición son decididas por una persona [o una instancia de poder] que define la categoría” (Jenkins, 1996:82, en Lamont y Bail, 2005: 23, nota  4).

De otro lado, la categorización refleja también un proceso común utilizado por los actores sociales para jerarquizar e instrumentalizar dicho mundo social en el que viven y desempeñan sus actividades y relaciones a partir de sus interacciones, directas o indirectas, con otros actores. En este sentido, cuando hay interacción, se pone en marcha un proceso de categorización social a partir de normas, valores y símbolos que dan un principio de visibilidad y legitimidad a una mayoría que las convalida, o en el caso contrario, estigmatiza y discrimina ciertas “minorías” que parecen compartir reglas y hábitos diferentes. Este mecanismo de diferenciación o identificación tiene siempre un impacto sobre la manera en que los individuos se perciben a sí mismos. Por lo tanto, cuando se trata de estigma, discriminación, prejuicio que lleva inevitablemente a la depreciación[2], la mirada del que categoriza negativamente a los “otros” genera un incremento del padecimiento social y cultural entre las personas y grupos perjudicados por una apreciación humillante y provoca una serie de consecuencias inesperadas que van del auto desprecio de sí mismo a la revuelta identitaria más o menos organizada. El fenómeno de la resiliencia cultural comunitaria, en manos de ciertos actores sería otra de estas consecuencias aunque amén de precisarlo, del todo positiva ya que no faltan los ejemplos históricos que tienden a revelar que, entre las minorías subyugadas y marginadas, surgen actores que son locomotoras constantes para la innovación social, cultural y artística (Cyrulnik, 1999, 178-184).

En tal sentido, la categorización que ejerce la mayoría de “los mismos” sobre una minoría de “otros” expresa la irracionalidad de las representaciones sociales e imaginarias que fundamenta al grupo hegemónico en su pretensión de dominar o subyugar a grupos subordinados a partir de sus propios criterios subjetivos. De acuerdo con Hidalgo Tuñón (2004, 334), vale reflexionar sobre la distinción entre, dice, “minoría” y “grupo dominante” o bien abandonamos la palabra y la sustituimos por “grupo subordinado”. Lo que expresa en suma, una misma lógica de rezago y desprecio.

Categorizaciones, estigmas y prejuicios actúan la mayoría de las veces como interfaces entre la sociedad y los individuos ya que son marcadores de la diferencia y alteridad. Existe de hecho, en nuestra opinión, una sutil relación íntima entre categorización, estigma y prejuicio ya que las tres nociones pueden servir a develar el lado de los dominantes como el de los dominados, tanto a nivel exterior (relaciones entre ambas partes) como interiores (relaciones entre los actores perteneciendo a un mismo grupo). En ambos tipos de utilización, la categorización no es más que un proceso de etiquetaje (en el sentido de labeling theory, como lo estudia Becker), el que no deja ilesos a los categorizados que llegan a pensarse a sí mismos desde las categorías que el dominante les impone.

Otra dimensión que no se puede echar de lado es que la categorización tiene por lo menos tres vertientes (Amiraux y Simon, 2006; Martiniello y Simon, 2005): los estudiosos sociales, las instancias políticas más o menos conectadas con agencias públicas, y los grupos objetivos. Por lo tanto se debe suponer que la práctica misma de la categorización, que siempre es un hecho de distinción actúa desde un exterior-exclusión y un interior-pertenencia. Los que “activamente” categorizan (calificando o descalificando) con una dinámica que puede llegar a ser maliciosa, y los que “pasivamente” son categorizados (calificados o descalificados) con una eventual apertura sobre las mecánicas voluntaristas de resistencia o, al contrario, de victimización complaciente.

Si se trata de categorización que entrevé el potencial de la identidad digamos cultural de un grupo, entonces ésta actuará como un espejo deformante cuyo reflejo perturbador entrenará una serie de respuestas positivas o negativas, pero siempre conscientes debido que en este caso, el grupo categorizado construye sus propias fronteras de reconocimiento a partir de una dialéctica de aceptación y rechazo a lo que otros establecen, dicen y limitan de él. En definitiva, la categorización remite a situaciones peculiares dentro del mundo social ya que emiten una suerte de juicio sobre el lugar que los grupos (e individuos) ocupan. Determina también el campo de las luchas y las destrezas que los actores adoptan para hacer valer su punto de vista, sea exterior o interior.

Veamos que el proceso mismo de la categorización es escenificación posible del mundo social. El dilema que plantea el recurso a la categorización en la cuantificación de los grupos étnicos (que difícilmente pueden ser definidos), se encuentra sin duda en el hecho de que esta práctica puede servir tanto a fines normativos y políticos como a preocupaciones analíticos, cuyas consecuencias llegan a ser numerosas dentro del entorno social porque estigmatiza. Eso es, en términos de Jacobs y Rea (2005:35), “la definición de categorías estadísticas étnicas no releva únicamente de una argumento técnico. La construcción de estas categorías interroga los fundamentos de proyectos políticos, de la formación y perpetuación de los Estados nacionales, las relaciones entre el Estado, los ciudadanos y los grupos sociales”.

Empero paradójicamente la categorización igualmente puede servir a los que se ven diferenciados, como lo dejamos entre dichos líneas arriba. En efecto, categorizar es calificar o descalificar; posibilitar la pertenencia o adhesión oficial al grupo dominante o su exclusión. Veamos que la categorización de tipo “étnico” recela trampas que deben considerarse en todos los análisis que se realiza en torno a estos grupos socioculturales que llamamos, sin más preocupación, indígenas. Así se deja correr indebidamente el riesgo del “nominalismo esencialista” y la reificación de los grupos étnicos. De alguna forma, podría aplicarse al grupo “mujeres”, de los chicanos, afrodescendientes, inmigrantes, así en seguida para nombrar solo unos ejemplos.

En los hechos, las normas empleadas para estos fines no son ni inmutables ni eternas; tampoco los grupos que categorizan. Como bien lo recalcaba en su tiempo Michel Oriol, al analizar las dinámicas de la identidad entre inmigrantes en Francia, “Ser ‘francés musulmán’, no significa levantar acta de una identidad, sino encontrarse pasivamente objeto de una categorización administrativa y política” (Oriol, 1985:177). Relacionada con nuestra problemática, la afirmación del sociólogo citado podría significar algo como “ser declarado como perteneciente a una minoría discriminada no remite a una identidad sino ser relegado a la objetividad pasiva de una categoría científica”. Puede ser, o no, rechazada por una parte de los sujetos. En este caso, la mirada del agente observador institucional que no es más que un vocero y un reflejo de la sociedad dominante a la que hace eco, impulsa a la acción reivindicativa a favor de una identidad otra. El espejo despreciativo rebota sobre los actores de las minorías estigmatizadas un rayo dinamizador a favor de una “identidad” supuestamente genuina.

He aquí la necesidad precisar lo que entendemos por “minoría” avalándonos en la consideración de Carlos Giménez (citado por Hidalgo, 2004:333) “la subordinación, marginación o subalternidad es el rasgo esencial en la definición de las minorías”, hecho que, sea dicho de paso, descarta las consideraciones de orden numérica. Debemos a Wirth una de las mejores definiciones de lo que es un grupo minoritario. Dice: “Un grupo minoritario es cualquier grupo de personas que, a causa de sus características físicas o culturales, se encuentra sometido a una discriminación respecto de los demás miembros de la sociedad en la que viva, recibiendo de ésta un trato diferente e injusto” (Wirth, 1945:347).

Partiremos del hecho de que todas las sociedades exhiben estratos que muestran una concepción idónea de la jerarquización que regula sus relaciones internas. En las sociedades complejas que pueden caracterizarse por una diversidad interna y por un alto grado de repartición del poder organizativo, existen una multitud relativa de grupos diferentes, étnicos, culturales, religiosos u otros, venidos de tradiciones diversas. Estos grupos se intercalan a lo largo de una cadena en la que una “mayoría” controla a las “minorías” que se encuentran en “competencia” dentro de un territorio común mas no necesariamente compartido. La competitividad mencionada —y los conflictos relacionados— se relaciona directa o indirectamente tanto con los medios de producción material (energía, insumos, industria, etc.) como simbólica (ideología, territorio, mitos, etc.). Los grupos culturales, advierte Marvin Harris (1990:108), reúnen “tres aspectos importantes: 1) poseen estilos de vida distintivos que pueden remontarse a tradiciones culturales de otra sociedad; 2) sus miembros pertenecen a menudo diferentes clases; 3) (…) son conscientes de su existencia como grupo separado del resto de la población.” Y añade: “Las minorías raciales (…) son grupos subordinados o cuya posición es vulnerable a la subordinación”. De igual forma, podemos insistir sobre el hecho de que “mayorías” y “minorías” no remiten forzosamente a consideraciones cuantitativas sino a relaciones de poder. Es mayoría el grupo que ejerce una coerción sobre unas minorías subyugadas y que detenta el control sobre el mando y la fuerza represiva. Consecuentemente, Bloj puede acertar: “La configuración ideológico-política hegemónica tiende a producir un imaginario para el “afuera” pero también hacia dentro de la propia sociedad; hay “otros” dentro del “nosotros”, condenados a la “ilegitimidad” (Bloj, 2001b:80).

Sea lo que sea, los grupos categorizados como minoritarios ocupan una postura propia de subalternidad[3] en función de los atributos que les subordinan o al contrario, favorecen su visibilidad como respuesta a la historia de su movilización social a favor de sus derechos. Más allá de las estadísticas y de los datos meramente numéricos la categorización debe o debería tomar en cuenta dimensiones subjetivas que darán cuenta de cómo los individuos que componen estos grupos son percibidos y pensados. Premisa fundamental si se toma en cuenta que las personas y las colectividades construyen su identidad, afirmaciones y referentes identitarios también sobre la base de la mirada de los otros que los observan, perciben e clasifican (ello no sin descartar estrategias de poder). “Reconozco que soy, decía Sartre, tal como el otro me ve” (Sartre, 1943:276).

Este proceso se realiza de manera compleja en varios niveles: los contactos sociales interindividuales, intragrupales, en confrontación con las representaciones sociales colectivas y las redes institucionales y administrativas, el Estado, etc..Sin embargo, sin que sea muy necesario insistir, también el categorizar asigna, directa o indirectamente, un potencial subversivo a ciertos sectores de las poblaciones catalogadas “minoritarias” o “subordinadas” ya que sobrentiende más que claramente una relación ambivalente entre dominantes y dominados. Como lo plantea María Tenti (2012:321), “los grupos subalternos se entienden por las relaciones de poder entre quienes lo tienen y quienes  no lo tienen. Hablar de subalternidad es hablar de subordinación”. Por tales motivos en esta relación dialéctica y conflictiva en suma, los sectores declarados subordinados, minoritarios, etc. reivindican poco o mucho un reconocimiento, directo o indirecto, de sus derechos a la diferencia. Lo que les consiente un cierto control sobre los modos redistributivos que las políticas públicas deciden. Reivindicar el reconocimiento, dicen en sustancia Martinello y Simon (2005:12), se ha vuelto una necesidad para “volver a calificar las identidades descreditadas y, en este caso, para los minorizados[4], reapropiarse las categorías forjadas dentro de las relaciones de dominación con el fin de modificar su contenido y sus signos”.

De hecho, como los mismos autores lo confiesan, no parece posible escapar a oposiciones tales “identidad impuesta/identidad reivindicada, estigmatización/afirmación, ocultación/reconocimiento, etc.” ya que los propios “minoritarios” retoman a su cuenta, y a menudo a su ventaja, estas valoraciones binarias. Hecho que, sea dicho de paso, demuestra claramente los mecanismos dinámicos de oposición y afirmación de sus derechos, señal del rechazo relativo de las identidades que se les prescribe. O sea, el cultural o socialmente dominado debe ser observado y analizado como un decidido actor en los procesos de categorización que le afecta.

Es interesante considerar estos procesos de la afirmación del estigma[5]porque suelen estimular reacciones de dos maneras. O manifestando un incremento del orgullo de ser “otro”, singular, al afirmar que estas mismas diferencias no solo enriquecen el patrimonio cultural por decirlo así sino también la propia identidad, estimulando e impulsando una reacción resiliente entre ciertos actores sociales. “Lo que me hace válido y digno, es lo que me categoriza como “inferior”, “minoritario”, “subalterno”. Es mi diferencia, la que se (me) acostumbra negar”. O manifestando un rechazo formal de la inferiorización por la búsqueda de la asimilación más o menos voluntaria.

Así las cosas, rechazar las categorizaciones so pretexto de no enarbolar las diferencias también hace correr el riesgo de comprimirlas a un nivel entrópico dudoso. “La invisibilidad impide a los minorizados de participar en las tomas de decisiones políticas y contribuye a la negación de la experiencia de las discriminaciones” (Martinello y Simon, 2005:17). Además nadie explica cómo evitar estas categorías y con qué remplazarlas. En realidad, el problema podría residir en quiénes son los que determinan y nombran a quiénes, con qué intenciones y cómo reaccionan los minorizados.

En lo que se refiere directamente a la identificación y categorización identitarias, es preciso ser meticuloso sin por lo tanto conseguir una infecunda parálisis en los debates. En efecto, la noción de “identidad” (o cualquier nombre que se le quiera dar) aflora con nuestra investigación y pretendemos llegar a proponer vías que favorecen la comprensión de los procesos socioculturales que determinan un grupo minoritario o subordinado particular. Se trate de “identidad” de género o “étnica” (acudiendo a estos conceptos con cautela debido a su imprecisión), en nuestro caso, esta revisión nace con las mujeres indígenas. No obstante, como  bien advierte Curiel acerca de un tema tan complejo y delicado: es legítimo “apelar a las identidades y al mismo tiempo los peligros que implica asumirlas como objetivos políticos. Con ello quiero sostener que no se trata  de rechazar las identidades o asumirlas del todo, porque en un mundo como el nuestro donde los sectores de poder dominantes mantienen sus certezas de quienes son, es necesario mostrar ciertas certezas a la hora de definirnos y en ese sentido autoafirmarnos” (Curiel, 2002: 110).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Referencias

 

Amiraux, V. y Simon P. (2006). Scholarship and Public Debate on Inmigrants and Integration in France. En International Journal of Comparative Sociology, Vol. 47, 3-4, pp. 191-215.

 

Becker, Howard (1985). Outsiders. Métailler: Paris.

 

Bloj, Cristina (2001). De cuando la “ficción” superaba la “realidad”: Apuntes sobre la identidad nacional costarricense. II Parte”. En Revista de Filosofía de la Universidad de Costa Rica, XXXIX (99) Extraordinario, 7993.

 

Bourdieu, Pierre. (1980). L'identité et la représentation. En Actes de la Recherche en Sciences Sociales. 35, pp. 63-72.

 

Curiel, Ochy. (2002). Identidades esencialistas o construcción de identidades políticas: el dilema de las feministas negras. En Otras Miradas, 2, 2: 96-113.

 

Cyrulnik, Boris. (1999). Un merveilleux malheur. Odile Jacob: Paris. (Traducción al español: La maravilla del dolor. El sentido de la resiliencia. Ed. Granica: Barcelona).

 

Goffman, Erving. (1963). Stigma: Notes on the Management of Spoiled Identity. New York, Simon & Schuster Inc. (Traducción al español: Estigma. La identidad deteriorada. Amorrortu Editores: Buenos Aires. 1975.) Gramsci, Antonio (1999): Cuadernos de la cárcel ERA, México.

 

Harris, Marvin (1990). Antropología cultural. Madrid: Alianza.

 

Hidalgo Tuñón, Alberto. (2004). Mayorías, minorías y Estado de derecho. En Instituto para la Paz y la Cooperación, pp. 321- 350. Consulta el 17 de febrero de 2013. En línea: http://www.universidadabierta.org/descargas/aht9.pdf.

 

Jacobs, Dirk y Rea, Andrea (2005). Construction et importation des classements ethniques. En Revue européenne des migrations internationales, vol. 21, n°2. Consulta: 01 de agosto de 2012. En línea: http://remi.revues.org/2487.

 

Lamont, Michèle y Bail, Christopher (2005). Sur les frontières de la reconnaissance. En Revue européenne des migrations internationales, vol. 21, n°2. Consulta: 01 de agosto de 2012. En línea: http://remi.revues.org/2489.

 

Martiniello, Marco y Simon, Patrick (2005). Les enjeux de la catégorisation. En Revue européenne des migrations internationales. Vol. 21  n°2. Consulta el 20 de octubre de 2012. En línea: http://remi.revues.org/2484.

 

Oriol, Michel (1985). L'ordre des identités. En Revue européenne de migrations internationales. Vol. 1 n°2, pp. 171-185. Consulta el 20 de octubre de 2012. En línea: http://www.persee.fr/web/revues/home/prescript/article/remi_0765-752_1985_num_1_2_988.

 

Sartre, Jean-Paul (1943). L`Être et le Néant. Gallimard: Paris.

 

Tenti, María Mercedes. (2012). Los Estudios Culturales, la Historiografía y los sectores subalternos. En Trabajo y Sociedad, Vol. 15, núm.18, Santiago del Estero, Argentina pp. 317-329. Consulta el 13 de noviembre de 2012. En línea: http://www.unse.edu.ar/trabajoysociedad/18%20TENTI%20Estudios%20culturales%20e%20historiografia. pdf.

 

Wirth, Louis (1945). The Problem of Minority Groups. En Ralph Linton (ed.), The Science of Man in the World Crisis, Columbia University Press: Nueva York, pp. 347-372.

 



[1] Lamont y Bail (2005:62) opinan: “Los universitarios juegan un rol importante en la cristalización de estos cambios en la significación de las categorías. Sus trabajos contribuyen al proceso de difusión cultural de las nuevas representaciones (y categorizaciones) de los grupos sociales (…). Como tales, pueden ser considerados como “agentes de reconocimiento”.

[2] En efecto, el prejuicio revela siempre una inclinación adquirida fundamentada sobre creencias y valores subjetivos cuyos efectos prácticos se traducen en conductas ofensivas y reductoras.

[3] La cuestión del subalternismo abarca una amplia gama de discusiones teóricas, principalmente desde Antonio Gramsci, autor conocido por haber profundizado los análisis sobre el sistema hegemónico capitalista y los grupos subalternos (proletariado, subproletariado). En sus Cuadernos de la cárcel (1999) , Gramsci utiliza el concepto de “grupo subalterno” en un sentido teórico para definir la relación existente entre hegemonía (gobierno por consenso) y dominación (gobierno por la fuerza), ello en un contexto sindicalista. Muchos estudiosos han utilizado la noción contribuyendo a suscitar una vasta discusión que no puede ser revisada en este espacio.  Podemos convenir que a priori el subalternismo refiere a una relación de fuerza dentro de contextos de explotación de grupos inferiorizados por parte de un sistema dominante “mayoritario”. Los grupos subalternos revelan un potencial contra hegemónico arraigado al interior de los mecanismos de coerción y funcionamiento del poder.

[4] Utilizamos este neologismo que permite enfatizar a la vez la categoría de “inferior” y de “menor”, exactamente en el sentido que los europeos atribuían a los indígenas, “niños”, “infantes” e “inocentes”.

[5] Utilizamos este concepto en su sentido etimológico de signo, “marcas corporales destinadas a exponer lo que rea inhabitual y detestable” (Goffman, 1975 [1963]:11). No obstante como lo mostró el propio Goffman, la estigmatización refiere a procesos sociales relacionales. Por ello, son procesos dinámicos puesto que son construidos en términos de interrelaciones entre sujetos situados en lugares desiguales del campo de poder. Consecuentemente la estigmatización no debe entenderse en términos de atributos. “El normal y el estigmatizado no son dos personas sino dos puntos de vista” (Goffman, 1975 [1975]:160). La estigmatización revela poderosos mecanismos de “identidades imaginadas”.

Cuadernos de Descolonización y Liberación es la revista oficial de la Asociación de Filosofía y Liberación (AFyL). Esta publicación es continuidad de Humanidades Populares ISSN 0719-9465, publicación seriada editada desde el año 2011 por su grupo fundador Academia Latinoamericana de Humanidades bajo el nombre de Revista de Humanidades ISSN 0719-0999. Cuadernos es publicada y coordinada en la ciudad de Concepción, Chile, por la Corriente nuestrAmérica desde Abajo. La revista es coordinada conjuntamente desde las ciudades de Concepción, Chile, y Ciudad de Méxcio, México. Cuadernos de Descolonización y Liberación adhiere al acuerdo de políticas mínimas comunes de Deycrit-Sur. Esta publicación adhiere a las políticas de acceso abierto y no cobra ningún tipo de costo por procesamiento de contenidos. Todo lo aquí publicado se realiza exclusivamente bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.
Para más informaciones comuníquese a través del correo cuadernosafyl@humanidadespopulares.cl