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 Acerca de la II Conferencia Latinoamericana de difusión cultural y extensión universitaria (1972). Un debate vigente

 

 

 

Minerva Rojas Ruiz

Universidad Nacional Autónoma de México

México

 

 

Resumen: En la II Conferencia Latinoamericana de Difusión Cultural y Extensión Universitaria, celebrada en 1972, se discutió el rumbo que debía tomar la tarea de difusión cultural que llevan a cabo las universidades del continente. A cuatro décadas de distancia, los puntos ahí expuestos siguen teniendo actualidad y arrojan luz en las posibilidades de este quehacer en el presente. En el texto se exponen los planteamientos de Leopoldo Zea, Augusto Salazar Bondy, Ángel Rama y Domingo Piga, conferencistas del encuentro. Si bien en algunos aspectos se observan oposiciones, todos ellos coincidieron en la necesidad de que la Universidad se vincule permanentemente con la sociedad y contribuya a su transformación, a la integración nacional y regional, a la valoración de las culturas latinoamericanas y a la independencia económica.

 

Palabras clave: América Latina; cambio social; difusión cultural; extensión universitaria.

 

 

 

 

 

*Este artículo originalmente fue publicado en nuestra primera época editorial, en Revista de Humanidades, ISSN 0719-0999, marzo de 2013.

 

 

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Rojas Ruiz, Minerva.  2016. “Acerca de la II Conferencia Latinoamericana de difusión cultural y extensión universitaria (1972). Un debate vigente”, Humanidades Populares 6 (8), 73-82.

 

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Rojas Ruiz, M. (2016). Acerca de la II Conferencia Latinoamericana de difusión cultural y extensión universitaria (1972). Un debate vigente. Humanidades Populares, 6 (8), 73-82.

 

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Rojas Ruiz, Minerva. “Acerca de la II Conferencia Latinoamericana de difusión cultural y extensión universitaria (1972). Un debate vigente”. Humanidades Populares 6, no. 8 (2016): 73-82.

 

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Rojas Ruiz, Minerva. “Acerca de la II Conferencia Latinoamericana de difusión cultural y extensión universitaria (1972). Un debate vigente”. Humanidades Populares 6.8 (2016): 73-82.

 

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Rojas Ruiz, M. (2016) “Acerca de la II Conferencia Latinoamericana de difusión cultural y extensión universitaria (1972). Un debate vigente”, Humanidades Populares, 6 (8), pp. 73-82. 

 

 

 

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Han pasado 41 años desde la realización de un evento de suma importancia para la vida académica y cultural de América Latina, es decir, la celebración, en 1972, de la II Conferencia Latinoamericana de Difusión Cultural y Extensión

Universitaria. Promovida por la Unión de Universidades de América Latina (UDUAL) y realizada en las instalaciones de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), así como con el patrocinio de ésta. Durante siete días, 180 representantes de casi todos los países del continente (Cfr. Valadés, 1972: 345), entre ellos grandes personalidades del mundo académico, como Leopoldo Zea, Emir Rodríguez Monegal, Augusto Salazar Bondy, Ángel Rama y Darcy Ribeiro, se reunieron para discutir los puntos que en aquel momento se consideraban centrales de la difusión cultural. En dicho evento —que me atrevo a llamar pionero y además sin semejanza en la historia posterior del continente— se trazó también el proyecto de creación de un sistema de integración cultural de América Latina. Además, se revisaron los planteamientos de la I Conferencia, que tuvo lugar en Santiago de Chile, en 1957, particularmente lo que refiere al objetivo de la extensión cultural universitaria.

A la luz de lo sucedido en las siguientes décadas en el campo de la difusión y, particularmente, de las discusiones renovadas en torno del papel de la cultura en la construcción de sociedades en el ámbito global; al lugar que ocupan las universidades como espacios donde se gesta la proposición de alternativas que modifiquen las desigualdades económicas al interior de los países y entre éstos; y las posibilidades que se han abierto a partir del surgimiento y consolidación de medios masivos de comunicación como el Internet, resulta ilustrativo volver la mirada hacia los planteamientos de grandes intelectuales latinoamericanos que en su momento abordaron las posibilidades de la difusión cultural como un medio para acortar asimetrías, revalorar las producciones culturales propias y, finalmente, contribuir a un cambio social integral.

Por lo tanto, en este texto expongo de manera muy somera las discusiones centrales de la conferencia. Mi intención no es realizar un análisis exhaustivo, sino, de algún modo, ser un abrebocas, dejar la inquietud sobre en qué hemos avanzado y qué puntos quedaron abandonados o no se han conseguido plenamente a partir de la radiografía que nos legaron los participantes en el evento. La aportación fundamental de la II Conferencia, tal como señaló Carlos Tünnermann, consistió en “la creación de una nueva concepción respecto de la difusión cultural que considerara tanto la situación específica de la sociedad como la actitud que debía tomar la Universidad hacia esa sociedad” (1978: 275). Es importante señalar que si bien en el encuentro varios participantes, entre ellos Rafael Kasse-Acta[1]en su discurso inaugural, señalaron la necesidad de distinguir entre difusión cultural y extensión universitaria, a lo largo de las intervenciones no se observa una separación clara entre ambas[2].

En la UNAM, el rector era en ese momento Pablo González Casanova y Leopoldo Zea era director general de Difusión Cultural. Ya en aquél tiempo, Zea identificaba problemas a los que las Ciencias Sociales le darían gran relevancia en las décadas siguientes y proponía la necesidad de “orientar, reorientar, educar” a la población a contrapelo de la sociedad de consumo y de “una difusión sin más metas que conducir la voluntad de quienes la reciben hacia la adquisición insaciable de objeto tras objeto” (Citado en Fernández Varela, 1979: 228). En ese sentido, existía una inquietud tanto por ampliar las concepciones de lo que era difusión cultural (como tarea universitaria, pero también como alcance fuera de la Universidad), como por establecer relaciones con otras instituciones latinoamericanas, de tal forma que se pudiera hacer trabajo conjunto y unificar orientaciones. Para ello, en 1970 se llevó a cabo la 1ª Reunión de Consulta para la Coordinación de la Difusión Cultural de las Instituciones de Educación Superior, organizada por la UNAM y la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Enseñanza Superior (ANUIES)[3]. A ese encuentro siguieron otros en diversos estados de la República que culminaron en la creación del Consejo Nacional de Difusión Cultural, que editó durante la administración de González Casanova, a través del departamento que dirigía Zea, la revista Difusión Cultural. La 3ª reunión de consulta de dicho consejo sirvió de base para la participación mexicana en la II Conferencia Latinoamericana de Difusión Cultural de 1972 (Cfr. Fernández Varela, 1979: 236).

En dicha Conferencia, se sometieron a discusión, mediante conferencias magistrales, los siguientes puntos: 1) evaluación de la difusión y la extensión universitaria en el continente (a cargo de Domingo Piga); 2) objetivos y orientaciones que guían la primera (Leopoldo Zea) y; 3) propuesta de crear un sistema de integración cultural para los países de la región (Ángel Rama). Cada tema contó con un ponente y comentaristas de su ponencia. Asimismo, se realizaron con la misma estructura, mesas redondas donde se habló respectivamente de cine, radio y televisión, música, teatro, artes plásticas (en museos), labores editoriales (de materiales impresos y sonoros) y, finalmente, otras formas de difusión cultural.[4]

Si bien las tres ponencias tuvieron gran impacto en los asistentes, en la de Rama se sintetizan tanto la intención de la reunión, como los debates académicos e ideológicos de la época en relación con la transformación social y con el papel de la universidad pública en tal proceso (vistas investigación, docencia y difusión de la cultura como un conjunto indisociable). Así pues, la propuesta asumía abiertamente una orientación antiimperialista, modernizadora e integradora que debía “apoyarse en una doctrina reivindicadora latinoamericanista” (Valadés, 1972: 342).

Resulta interesante señalar que en 1972, año en que se llevó a cabo esta conferencia, es un momento muy singular en la historia del Continente. Las discusiones se insertaron en un contexto político muy rico, de tal suerte que en la definición de la difusión cultural y de las tareas del Estado y la Universidad, se enfrentaron férreamente posiciones ideológicas encontradas (no hay que olvidar para esta fecha marca la mitad del derrocado gobierno de Salvador Allende en Chile; muy cerca todavía de las movilizaciones estudiantiles de finales de los años 60 e inicio de los 70 [México, Ecuador, Colombia, Venezuela, Brasil, Argentina]; a unos meses del golpe que llevaba a Hugo Banzer al poder en Bolivia; en pleno periodo tanto de los movimientos sociales armados —Uruguay, Guatemala, Perú y El Salvador, por ejemplo— como de los regímenes militares inaugurados en la década anterior con el golpe en Brasil en 1964).[5]

En su turno, Darcy Ribeiro presentó una síntesis del momento histórico en que se insertaron las discusiones de la reunión. Vale la pena citarlo, puesto que a la vez sirve para dar cuenta de la tesitura en que se presentan los alegatos:

Hoy día, una nueva ola de transformaciones recorre América Latina y el mundo, reascendiendo rebeldías acalladas hace siglos. Su motor es una nueva revolución tecnológica… que aportó… innumerables conquistas técnico científicas que dan al hombre poderes totales de destrucción y casi totales de producción, de control social y de manipulación ideológica…Muchos de los efectos políticos, económicos e ideológicos de la emergencia de la nueva civilización son ya evidentes. Comparecen en nuevas guerras de emancipación nacional… en las rebeliones juveniles que estallan en todo el mundo; en los intentos de reagrupación de países en forma de pactos económicos, tendientes a que se estructuren como super-Estados; en el ensanchamiento de la conciencia posible manifiesta en el autocuestionamiento de las instituciones…En toda América Latina el pueblo despierta para el comando de su propio destino… Allí donde la concientización política más avanzó… no se realizan elecciones (UDUAL, 1972b: 209-210).

 

Por su parte, en su alocución titulada “Objetivos y orientaciones de la difusión cultural universitaria”, Leopoldo Zea planteó la existencia de una acción universitaria no educativa o no cultural enfrentada a otra que sí lo era (a la que debíamos aspirar). En su opinión, la difusión cultural, tal como era llevada a cabo en esos momentos, fue parte de la primera. Criticó que fuera un instrumento “al servicio del consumo” (UDUAL, 1972b: 54) un medio de diversión que envía mensajes y a través de la sugestión procura que se repliquen en la elección de mercancías, promoviendo la enajenación del individuo. Leopoldo Zea se refería a la necesidad de eliminar la actitud paternalista implícita en la idea de “llevar la cultura al pueblo”, en tanto que había quienes determinaban qué es lo que dicho pueblo está en condiciones de recibir. Además, para él, ello implicaba, además, la negación de la diversidad individual. En este sentido, propuso modificar la idea: sugería llevar a todos los rincones las más diversas expresiones, dejando en libertad a cada individuo para elegir una vez que hubiera accedido a todas ellas. Por ello, la difusión debía tomar un carácter permanente y neutral. Así, la difusión no sólo tenía que ser informadora, sino formadora: su tarea era ampliar las posibilidades de elección de los individuos. Además, debía ser una parte integral de la educación, pues si ésta permitía comprender el mundo, aquélla permitía transformarlo a partir de la “acción racionalizada” (UDUAL, 1972b: 64).

El filósofo mexicano recupera el llamado de los jóvenes de la época a “ganar la calle”, a enfrentar la problemática social que desbordaba las aulas; sin embargo, señaló que no debe hacerse a través de la demagogia, sino de la consciencia racional. Para él, precisamente la función de la difusión era la de “llevar extramuros mensajes educativos, formativos” (UDUAL, 1972b: 62), orientar el sentido de los mensajes provenientes de la sociedad para así contrarrestar el consumismo y, en última instancia, promover la descolonización. La formación de la conciencia era, por tanto, clave de esa función: permitiría al individuo percatarse de su condición de subordinado, y del papel central que adquiría la aceptación de hábitos, consumos y sueños ajenos en el rechazo de “lo que es propio”. A ello seguiría “la conciencia de una urgente autenticidad que trascienda el ámbito nacional de países como los nuestros en Latinoamérica y en otras muchas partes del mundo” (UDUAL, 1972b:64-65), es decir la posibilidad de trazar “el horizonte propio de nuestra cultura” (UDUAL, 1972b: 65).

Al comentar la ponencia de Zea, Augusto Salazar Bondy señaló —en contraposición a la postura del primero— que no existe educación o culturas neutrales: siempre están orientadas y pensar lo contrario es ingenuo. Por lo tanto, el defecto central estaba en la articulación de la educación con un sistema clasista, al que sirve; ello redundaba en la conversión de la difusión cultural en una actividad que “hasta hoy ha sido o bien selectiva o bien vulgarizadora” (UDUAL, 1972b: 68). Si bien la idea renovada que propone Zea de “llevar la cultura al pueblo” como una manera de acercarle “un horizonte cultural lo más vasto posible” (UDUAL, 1972b: 69) le parece correcta, la encuentra problemática en tanto que implica pensar la cultura como un producto acabado. Además, señaló que no se trata de un problema de selección de públicos. Para Salazar no se debe poner algo en el espíritu, sino permitirle generar algo. Y ése algo debe ser la posibilidad de desalienarse, de contribuir a la creación cultural. En ese sentido, la función fundamental de la difusión no es la formación de una conciencia que permita abrazar lo propio, sino de otra que permita liberarse. Por ello, para el pensador peruano, la consecuencia lógica es que la difusión cultural auténtica sólo puede hacerse contra la “sociedad clasista y totalitaria”, poniendo en cuestión “el orden establecido” y promoviendo la “transformación de la sociedad en su conjunto” (UDUAL, 1972b: 70).

A su vez, Ángel Rama señaló en su turno que el debate acerca de la integración latinoamericana continuaba en vigencia. Su propuesta central, como se señaló anteriormente, fue la de crear un sistema de integración cultural latinoamericano. Así, se avoca a plantear las características que debía tener dicho sistema: en su centro de gravedad debía habitar una concepción antiimperialista, lo cual permitiría reivindicar nuestra idiosincrasia, y al mismo tiempo, salvaguardar nuestra riqueza cultural, a través de su dignificación y de la creación de un orgullo latinoamericano.

Por otro lado, debía fomentar la modernización de la sociedad, creando estructuras no dependientes del exterior, regulando el funcionamiento de las élites, pero sin fomentar una cultura exclusivamente popular. Las propias élites debían acoger en ese cauce modernizador las aportaciones populares. Deberían reconocerse las diversas áreas culturales que componen el continente y estudiarse a detalle. El proyecto de integración tendría que empezar por la formación de pactos económicos que defendieran contra la “expoliación externa”, y que al mismo tiempo repararan “la desigualdad de fuerzas dentro del continente” (UDUAL, 1972b: 173). Dichos pactos tenderían a la unificación de las infraestructuras económicas, y a la creación de un plan de integración cultural, donde cada país tuviera instancias (por ejemplo, las propias universidades) que atendieran sus problemáticas específicas.

El crítico uruguayo señaló también la necesidad de equilibrar las afirmaciones localistas con un esfuerzo que destacara la herencia cultural continental y que permitiera la integración de las masas a la educación, con contenidos concretos y asequibles y no sólo retóricas de unidad latinoamericana. La integración tendría como base una “doctrina latinoamericanista”, la cual debía apoyarse en estudios que permitieran identificar la cultura del continente a la vez como un lazo histórico con el pasado y como destino a alcanzar; en su consecución, las universidades tendrían la tarea de “actuar sobre el medio social a partir de sus organismos de difusión y extensión” (UDUAL, 1972b: 166). En ese sentido, dichas instituciones educativas no sólo debían preparar profesionistas altamente especializados y capacitados para enfrentar las exigencias sociales, sino que debían instruirlos ampliamente a través de una “culturización general”. La tarea se vería favorecida si se crearan instituciones regionales, y no sólo nacionales.

Asimismo, Rama afirmó la necesidad de adecuar los instrumentos del trabajo de difusión a las comunidades receptoras. Éstas debían no sólo ser urbanas, sino que debían incluirse a las zonas rurales. La idea fundamental era que dichas comunidades no sólo asistieran a las actividades culturales o que acudieran a conferencias, sino que crearan tales actividades, que discutieran y analizaran “los problemas que les preocupan”. De este modo, podrían propiciarse “las condiciones humanas de libertad y originalidad propias de una sociedad futura plena” (UDUAL, 1972b: 178).

Finalmente, Domingo Piga, uno de los fundadores del Teatro Experimental Chileno, expuso su “Evaluación de la difusión cultural y extensión universitaria en América Latina”. Piga concibe la universidad como la conciencia crítica de la sociedad. La tarea de estas instituciones es la de ser un agente transformador y no sólo interpretador de la historia. En ese sentido, señala “la absoluta necesidad de no disociar las funciones universitarias”: “No hay auténtica docencia sin investigación, ni extensión sin docencia e investigación, y la investigación carece de sentido universitario si no está al servicio de la extensión y la docencia. Estos criterios los entendemos como actividades creadoras, no como simple método” (UDUAL, 1972b: 98-99).

Tomando como ejemplo la Universidad de Chile, estableció que la extensión debía estar al servicio de la comunidad nacional, abarcando todos sus sectores; su labor sería multidisciplinaria, para poder ser integral; responder a los cambios sociales y nunca asumirse estática; por tanto, debía estar en contacto con la sociedad de manera “planificada, permanente y sistemática” (UDUAL, 1972b: 102). Así posibilitaría la formación de personas con actitud creadora. Para ello, los planes de difusión debían establecer las áreas geográficas donde se trabajaría y los estratos sociales involucrados, abarcando problemas sociales concretos, y particularmente aquellos donde la conflictividad fuera evidente. En ese sentido, debía formarse una conciencia crítica en la opinión pública, que operara con valores solidarios y fuera “factora de cambios en lo económico, social y cultural” (UDUAL, 1972b: 111).

 

Conclusión

A pesar de que en años recientes mucho se habla respecto de democratizar la cultura, no hay estudios sobre la difusión cultural[6], ni como estudios de caso ni como parte de propuestas teóricas referidas particularmente a dicho tema. En múltiples documentos institucionales, pareciera que el concepto se emplea a la ligera, sin una definición precisa o diferenciadora de otros adyacentes, como extensión universitaria y divulgación. Sin embargo, justo la forma en que la mayor parte de la población accede a la cultura (entendida ésta en el sentido más amplio posible) nacional es a través de los programas de difusión cultural (y en este caso incluyo también la publicidad con que se difunden dichos programas, que podríamos llamar metadifusión, y que podríamos analizar tomando como base la crítica de Zea).

En la circunstancia actual, en que se han ido consolidando en el mundo las tendencias que pugnan tanto por la disminución de los Estados e identidades nacionales (particularmente de los países subdesarrollados) como por la prevalencia del mercado en todos los ámbitos de la vida pública, la difusión cultural que hacen las universidades—públicas sobre todo— enfrenta el reto de transformarse en un vínculo verdadero entre las instituciones y la sociedad, favoreciendo la transformación de las estructuras sociales hacia una distribución más equitativa del ingreso y un acceso más amplio a las diversas expresiones culturales. Los planteamientos que se presentaron en la II Conferencia pueden contribuir al debate actual sobre el tipo de instituciones, y modos de hacer difusión cultural, que queremos y necesitamos. Para que nuestro quehacer sea efectivo requerimos de una comprensión cabal de lo que entendemos hoy por difusión cultural. Tener tal comprensión, si queremos pensar a América Latina en su conjunto, necesariamente nos remite a nuestra historia, donde la radiografía que hicieron los conferencistas de 1972 puede tomarse como un punto de partida desde el cual pensar en los avances y retrocesos (y también los pendientes) que tenemos desde entonces.

 

 

 

 

 

Referencias

 

Fernández Varela, Jorge (coord.) (1979), “La extensión universitaria”, en Colección Cincuentenario de la Autonomía de la Universidad Nacional de México, vol.VI, México.

 

González Casanova, Pablo (coord.) (1977), América Latina: historia de medio siglo, México, Siglo XXI.

 

Halperin Donghi, Tulio (2000), Historia contemporánea de América Latina, Madrid, Alianza.

 

Miranda Pacheco (1973), Radicalización y golpes de Estado en América Latina, núm. 36, México, FCPyS-UNAM.

 

Tünnermann Bernheim, Carlos (1978), El nuevo concepto de extensión universitaria y difusión cultural, México, CESU-UNAM.

 

UDUAL (1972b), La difusión cultural y la extensión universitaria en el cambio social de América Latina. México, UDUAL.

 

UDUAL           (1972a), II Conferencia Latinoamericana de Difusión Cultural y Extensión Universitaria, del 20-26 de febrero, México, UDUAL.

 

Valadés, Diego (1972), “II Conferencia Latinoamericana de Difusión Cultural y Extensión Universitaria”, en Revista Derecho comparado, núm. 13-14, enero-agosto, nueva serie, número V, México, IIJ-UNAM.

 



[1] En aquel momento, rector de la Universidad Autónoma de Santo Domingo y presidente de la UDUAL.

[2] Precisamente, en su exposición, Zea señaló: “la difusión cultural o extensión universitaria, ha sido vista como el canal de comunicación entre las universidades y la sociedad de la que éstas son parte ineludible” (Citado en Fernández Varela, 1979: 254). En mi opinión, esta falta de precisión puede deberse a que originalmente no se trataba de dos funciones distintas. Con la diversificación y el aumento de la complejidad social en las últimas décadas, la difusión ha rebasado los límites de las universidades, tanto en lo relativo al público receptor como en lo que concierne a quién difunde y qué se difunde; por tanto, también se ha establecido con mayor claridad su separación de la extensión universitaria.

[3] Ese mismo año, durante la VIAsamblea General de la UDUAL, se aprobó en Santo Domingo la realización de la IIConferencia Latinoamericana de Difusión… (UDUAL, 1972b: 1).

[4] Los planteamientos de la II Conferencia y la discusión que suscitaron llevaron a que incluso se hablara de un Nuevo concepto de extensión cultural y difusión cultural (con dicho título apareció en 1978 un libro de Carlos Tünnermann ).

[5] Es imposible hacer aquí un recuento exhaustivo de la efervescencia que se vivía en el continente. Sin embargo, entre la múltiple bibliografía sobre la época, se pueden consultar en Tulio HalperinDonghi (2000); igualmente, un texto clásico es el coordinado por Pablo González Casanova (1977).

[6] Aunque en México hay bastantes estudios acerca de la extensión universitaria, en la base de datos de la UNAM no se encontraron libros, tesis de licenciatura o posgrado que hablaran específicamente de difusión cultural (exceptuando los múltiples Centros de Difusión Cultural y Deportiva que presentan como propuesta de construcción los egresados de la Facultad de Arquitectura). El texto de la UDUAL (1979b) es una transcripción literal de lo discutido en la II Conferencia aquí reseñada. Mi tesis de maestría trata precisamente de la difusión cultural del Estado mexicano, pero en relación con un programa en particular del INAH (Paseos culturales, el cual, por otro lado, fue fundado en el mismo año en que se llevó a cabo la I Conferencia, antecedente de la que aquí se trata). En la actualidad realizo mi trabajo doctoral sobre las políticas de difusión del Estado mexicano, a partir de la creación del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.

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